viernes, 7 de abril de 2017

Una senda entre dos encinas se abrió, solitaria, oscura letanía de mis ojos hinchados. Yo buscaba huir del mundo y el mundo me apalabraba una salida. Una mancha entre mis hombros me pellizcó el omoplato y arreó mis piernas, un silbido lejano susurró una palabras tiernas que engrandecen tu leyenda.

El camino poseía todos tus tópicos y todas tus enseñanzas. No hay camino sin ti, pensé.

Todos los postes ,que parecían árboles centenarios, me dejaban pasar con suavidad, con calma, con tus ojos y tu voz por bandera, acurrucándome y arropándome, haciéndome la hallaca antes de caer rendido con tu voz de fondo y tu pelo en mi mano. Como explicar el amor si no te han conocido.
La mente en standby, las piernas en piloto automático. Se deshacían mil sonrisas con mi cara opaca. El vacío enorme e inexplicable que me dejó tu partida. Tu marcha súbita, fúnebre, que abrió en mi corazón una brecha entre dos encinas.


Huelo las flores que arrasan mis lágrimas perdidas. Perdidas como perdido estoy yo, en este camino solitario y hundido. Ya no lloro porque no puedo, no me sale el dolor ni el odio, como quizás no me salga nunca una emoción fuerte. Quizás cuando te vea de nuevo sentada a mi lado con el sol por sombrero. Comiendo queso azul, teniendo ese último instante de amor eterno, infinito, junto a las plantas que siempre serán tu, mi compañía, única y hasta el final. Ofidia me habló de ti enrollada en mi mano, tirándome besos como los que yo te doy, todos los días y a todas horas. No puedo dejar de darte besos, en la frente fría, en esas manos frías de mi vida, en esos ojos que ya no me miran sino que me llenan el alma, mi arma. Como decías tu, que sin serlo siempre serás la andaluza de mi corazón, mi único e imperdible amor, tu, Dani, la única dueña de mi sangre, de mis lágrimas y de mi sudor.   

miércoles, 8 de marzo de 2017

Antes de dormir pensé en ti. En tus uñas, en tu pelo, en tu piel. Y ya no recuerdo como eran, ni su olor, ni su tacto. No me acuerdo como era estar cerca de ti, el sueño se acabó, se esfumó y cayó en la cuneta para que lo olvidemos. A veces me pasa, intento olvidar, pero arde. A veces.

A veces pasa, me borro. No sé si es el miedo al fracaso que a veces me entra, a la humillación, no sé si eras tú o son todas, pero noto que he cambiado, a peor. De resto todo bien, gracias.

A veces me da por pensar y entonces no puedo dormir. Y fumo, bebo un sorbo de agua y veo dormir a mi lado una silueta. Una silueta fina que se dibuja entre la penumbra de mi ordenador. Pienso en ella, pero sobre todo en ti. La silueta respira, a ti no te oigo. Antes te oía. Me despertaba por las noches  y te miraba dormir. Como ahora hago, pero antes, eras tú.

Decidí olvidar. Ya no sé cuantos escalones tengo que subir para darte un beso, escondida tras la puerta, medio desnuda y medio vestida. Ya no cuento ni las veces que nos reímos ni las que me viste llorar. Ahora creo que fui muy estúpido, que nadie muere de humillación, ya lo dijo Jacques. Es lo único de lo que me arrepiento. De resto, Olé.


Pero estoy desvelado y a tu lado veo que el cielo brilla apagado. Me busca una mano en la oscuridad, el humo huye de mi boca ensangrentada. Huye del ruido de la vida que dejaron mis pasos al marchar. No te volveré a ver, quizás en sueños hables con él, quizás volváis visitarme un día. Porque extraño el tacto de su piel y de la tuya, extraño el olor de su voz y el aliento de la tuya. Ahora sólo espero que por la mañana todo sea otra vez como ayer, un sueño, un sueño de azahar y de jazmín, un sueño de  palmas por Triana, de una boca chiquilla que dicen, sólo dicen, que tiene tanto arte que hasta el mar se perdería buscando su voz marina. 

martes, 31 de enero de 2017

Hit up the bottom
Hearts will melt like ice
As the lights keep falling
Makes you feel so small again
As we walk in circles,
The blind leading the blind
No way of hiding, oh,
Our heart is all we've got
I'm hungry for you, my love
So come out and rescue me
Love is just not enough out in this war of needs

Drag your heart to the place where it belongs
While it's underwater,
Where my love will fill your bones
The clouds are shaking,
And your palms begin to crack
Hands against your eyes
See this love is all we've got
I'm hungry for you my love
So come out and rescue me
Love is just not enough out in this war of needs
It's a hive of honeybees trapped inside of our skin
Growing faster
Stinging harder till we all give in

Hungry- Dotan

Antes que la tinta empiece a secar, corre como un río huyendo de mis cuadernos y me acuerdo de ti, miro al vacío y veo los ángulos del espacio que dejó nuestra estela. Cuando el aire no me sale y me pinchan los pulmones como globos en la estratosfera, siento como si lloviesen clavos y los suspiros de mis cohabitantes fuesen carcajadas crueles. Incluso cuando no pasa nada siento un peso enorme sobre mis hombros, siento que la vida me es completamente ajena, desconocida, misteriosa. No siento que lo esencial sea invisible a los ojos, siento que no existe lo esencial, o que no es tan esencial, o que es imposible llegar a él. Que mi vida se derrumbó, dejándome en un estado de apoplejía en el que el más mínimo movimiento de mi cuerpo es una tarea pesada y ruinosa. Y me acuerdo de ti. Entonces me parece que todo recobra sentido, ya entiendo porque un movimiento de alguno de mis metatarsianos, una contracción de mi corazón bombeando, un suspiro, entiendo porque es todo tan difícil. Saco el saco con el tabaco, estiro el fino y seco papel que tanto combina con mis manos callosas y desérticas, el filtro que tengo en los labios y pongo de nuevo ruta hacia mis infiernos en cada bocanada de aire que trago.

Y me ahoga el tiempo, no sólo tú. A ti te olvido horas y horas. Pero sobre todo me ahoga el aire, tan espeso que lo puedo masticar, tan roñoso que no puedo no olerlo, interiorizarlo como parte de mi propia mugre. Ese aire que es casi una filosofía de vida, una mueca en una corbata, un ramo en una curva. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

En la trinchera

En una trinchera, acosado por los remotos pasos que atestiguan que sigo vivo pero me queda poco, fumo un cigarro y lo disfruto como si fuera el último. Entre el humo y el frío pienso e intento repasar mi vida, mi legado tacaño porque soy joven, porque no pensaba morir tan pronto. Aunque tampoco tuve nunca la sensación de que fuese a vivir mucho.

Es raro, tenía a quinientos tipos que habían perdido a sus familiares y amigos a menos de un kilometro de distancia, nosotros no éramos más de veinte en esa trinchera y apenas teníamos munición. Sabíamos que no iban a tener piedad de nosotros y que la retirada era imposible. Teníamos un río crecido que nos cerraba el paso. El Capitán Holl se había pegado un tiro hacía diez minutos y nuestro mando más alto era un sargento, "Bebo" le decíamos, y ya nos había dicho de relajarnos y rezar.

A mi dentro de lo que cabe me daba igual. Es raro que te de igual morir. No sabía muy bien por qué pero así era. Sólo quería poner en orden y recapitular mi vida, darle un pequeño homenaje a la que lo había sido  los últimos veintiséis años. Parece más fácil hacerlo tan joven que con ochenta pero no creo que lo sea. Te cuesta encontrar algo que hayas hecho realmente, te cuesta saber si era esa chica de pelo oscuro y ojos grandes la que merecía ser la mujer de tu vida. Te costaba saber si la escueta estantería de tu habitación se mantendría en pie, si los pasos que anduviste camino al tren seguirían marcados el año que viene. Sabías que el viento borraría las lágrimas antes de la siguiente lluvia.

Me puse a pensar en ella y si realmente era esa mujer que al cerrar los ojos poblaría mi retina roja. Todo había acabado ya entre nosotros y de haber seguido viviendo cuarenta o cincuenta años más jamás entraría en la lista de las posibles candidatas a ser la mujer de mi vida. Pero dadas las terribles circunstancias en las que me veía, tenía que considerarla. Además siendo sinceros había pensado mucho en ella estos últimos días de agonía. La cuestión era saber quién era la mujer como ente mágico que había sido capaz de transportarme al más allá con el mero sonido de su ropa interior deslizándose por sus muslos y ocultando sus pies pudorosos. La idea de paradigma de la continuidad del ser humano, como objeto de guerras, de deseo y de febril excitación. La que había sido capaz de llevarme hasta Troya por recuperarla.  Me mataba la idea que fuese ella, con la que había compartido casi un año, con la que habíamos pasado seis meses de fabuloso frenesí y otros seis de auténtico infierno, la chica que me despertó soñando y me acunó llorando, la que no tuvo la valentía de quedarse a mi lado cuando la guerra llamaba a mi puerta, fuese mi Helena, mi Beatrice.
¿Pero qué sentido tiene buscar quien fue con veintiséis años? Seguramente ninguna lo había sido. Pero poco más podía tener de debatible en mi vida, a mi familia la quise sin condición alguna, mis amigos, mis perros, mis escasos estudios, mi coche, mi traje, mi trabajo o mi bosque favorito. Todo era único, todo era un paseo triunfal en mi memoria y llevaba pensando en ellos desde que me puse las botas y cargué el fusil en mi hombro el primer día en que perdí mi humanidad en esta lluvia de casquillos. Ahora quería saber quién sería a la que al cerrar los ojos le dedicaría mi última erección.

Ya casi había descartado a la de pelo oscuro, es verdad que había sido la última y que había pasado con ella momentos increíbles, pero sus energías me habían hecho daño, sus uñas se habían clavado en mi con descaro y yo siempre odié el descaro. Parecía que mi dolor la ayudaba a sentirse peor y eso la incitaba a más.

Mi cigarrillo empezaba a apagarse por la humedad, pensé que si éste duraba un poco más quizás no se darían cuenta hasta dentro de un rato que no éramos sino veinte chavales rezando y esperando que todos los cuentos chinos fuesen ciertos.

La primera vez que descubrí que la gente se te podía entregar en un maravilloso acto de confianza y sin pudor alguno fue cuando apenas tenía juicio, saliendo de mi infancia e iniciándome con pasos temblorosos en la adultez. Fueron situaciones nuevas, olores y sabores desconocidos, movimientos torpes que fueron creando mis habilidades y mis manías. Ella era una preciosura, sencilla, despreocupada, feliz como no he conocido a nadie y eso me hizo feliz. Y la felicidad siempre me aburrió. Pronto nos dieron las doce y las campanas no sonaron. Huimos de nosotros mismos con mayor o menor suerte. No podía ser ella, no. No me acordaba de su olor, no me acordaba de sus lunares ni del sabor de su boca al despertarse de madrugada buscando la mía.

Conocí muchas curvas después de ella que llenaron noches enteras sudando y babeando sabanas desconocidas, entregándome sus cuerpos únicos mientras yo e preocupaba de que calentasen sus cuerdas vocales. Pocas me duraron más allá del amanecer y con pocas caminé por ciudades alumbradas o me recosté a ver las estrellas mientras empezábamos a follar. Pocas me venían a la cabeza al menos. 


Mi cigarrillo consumido vaciaba su cuerpo sobre el suelo enfangado, se me acababan las ideas y me invadía el nerviosismo de no haber hecho nada en mi vida. Y todavía me ponía a pensar en mujeres. A decir verdad siempre había pensado más en mujeres que en cualquier otra cosa. Siempre quise ser viejo para perder mi lívido, dedicar mi tiempo a algo más individualista, a algo que no estuviese ligado con alguien, olvidarme de la sangre que cae hasta mi polla. Pero ya eso no iba a pasar y no pasaba nada. Pero decidí olvidarla a ella y a todas. En verdad me invadió la rabia. Me dio la impresión que el problema no era mío, que ya no existía el amor, que éste se había perdido en la masa de encefalogramas planos que poblaban las naciones desarrolladas. Me daba la impresión que ya no había lugar para el heroísmo en el amor entre tanta pantomima y heroína. Casi prefería morir pensándolo bien. ¿Quién se va a arriesgar por mi? ¿por él? ¿Por Bebo? No éramos más que jóvenes de clase media baja, carne de cañón, monigotes en salas de tiro. ¿Quién podía perder la cabeza por nosotros? No somos más que las semillas que quedarán en la tierra abandonada, no somos más que la ceniza que cae de nuestros cigarrillos casi extintos. El amor nos ha sido prohibido, la vida nos ha sido confiscada y con ella las balas que ya pitaban en nuestros oídos y que nos recordaban que éramos demasiado jóvenes para testamentos.  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Psicópata

Los nervios y la tos, el humo saliendo de mi boca rancia que sólo le habla al espejo mágico. Era otra vez de día y de nuevo se oían las voces de los actores blasfemando sobre la vida, sobre el sudor que te cae en la frente cuando sientes el miedo que te recorre cada una de las venas que pueblan tu mundo. El sonido de la idiotez que te persigue, que intentas olvidar pero no puedes porque vuelve a volver en forma de tartamudeo y de sonrisas sonrojadas.

El otro día me sonreíste en la cama y no dormía aún, el otro día me diste miedo y estremecí mi cuerpo al son de tus caderas perras. Me recordaban años viejos, días de nieve  con música navideña. Y cuando camino por la calle me miran porque me siento vivo en esta fiesta de sexos muertos. Y ahora cuento que estoy enfadado, roto por dentro por putos bailarines que sólo ven el lado bueno de la vida. Pero el lado malo está aún más lleno del relleno de muebles baratos y por eso siempre nado en ese monte Alberche, al lado del río, aquel en que juré ahogarte. Otro día escuchaba música y me pediste que te diera por culo. Así que te di por culo. Luego siguió sonando la música como si no hubiésemos hecho nada. Al final es tan difícil enfadarse como encontrar en tus palabras aquellas hojas que me acariciaban al filo de una primavera en que caían marrones y podridas.

Y luego vino ese invento increíble que me robo el tiempo en que me desaparecía tras la estela de tus besos . Tras mucho buscarlo encontré en mi pequeña habitación del norte de Escocia una pequeña navaja suiza, un pequeño juguete que traspasaba mis manos sin esfuerzo, sin casi pensar en las horas que vuelan perdiéndose en aquella maraña de agujeros que fue tu piel oculta. Se me amontonan las cosas y sólo quiero perder la conciencia de nuevo, sea como sea, que corran los puños por mi cara ensangrentada, que recorra la droga eterna mis entrañas pluriempleadas. Que mi cerebro se olvide de tu locura porque sólo pensar en ella me dan ganas de amarte el resto de mi vida o de acabarla de una vez por todas.


Y para terminar mis divagaciones del día te cuento que me senté junto a las bambalinas de un teatro callejero y me dejé querer por un perro sucio. Después vino la sección de meteorología de la Universidad de Cambridge y se ahogaron las voces mientras el telón se cerraba. Y a todo esto yo estaba tirado, borracho, viendo pasar los que fueron mis amigos, las que fueron mis novias y sí, me sentí desplazado, pisoteado, ansioso, el pecho me apretaba, el aliento me faltaba. Sentía que podía romper cuellos con solo mirarlos y encima disfrutarlo. Otra historia bonita. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

No sé si tu pelo es negro o era pelirrojo, quizás seas rubia. Se me nublan los ojos y ya no se porqué sufrir, si porqué ya no estás sola o porqué recién estoy sólo yo, porqué vives fuera o porqué siempre estuviste mejor sin mí. La verdad es que me siento en mi silla y veo una pila de libros que me recuerdan a ti, a ti que no sé quién eres pero te extraño, pero dueles. Te dejé caer, ya no tengo fuerzas para luchar. En otro momento lo intentaría. Hoy no. Hoy dejo que te nubles en el pasado y que escampes en estas naves muertas. El vacío parece que me llena de palabras que nunca diré, coleccionándolas, jugando sólo a explicarme que ha pasado.

Me fui, ya estoy fuera embarcándome hacia aquél cielo mustio. Ya no me rejunto, ya no me "arrasco", hoy vivo mi soledad aliviado. Siento correr mi sangre de nuevo hasta mis pies, siento que la gangrena se ha parado y que ya no se me va a caer el pie. Bueno, la pierna. El pie ya está podrido. Y huele muy mal, huele al ombligo de un recién nacido, te lo juro.


Barro mi casa otra vez y siento el miedo de lo nuevo, me emociono con el ruido de lo que perdí. Arranco a escribir para terminar mi vida en esos cuatro folios de borrador arrugado. Camino, freno y me mareo con tus versos y tu tartamudeo incesante que me quema el alma. ¡Coño! Que nunca supe a quién le hablé pero ahora me tortura la idea de hablarme a mí mismo y decirme que nada vale la pena. Tu no vales la pena. Me jode pero tengo que decirlo. ¿Y tú quién eres? Un paso atrás, uno más. Yo no tengo nombre ni apellido, no tengo tierra, no tengo nido, soy tu conciencia muerta, tu Carmensita, tu ricura, tu amor sin esperanza, el que te espera abajo, abajo del todo. Si, asómate, ahí. Persígueme a ver si llegas moviendo los brazos como Devendra y su Negrita. Pero déjame. Cuando estoy en el suelo me gusta estar tranquilo así que no me jodas Guillen.