jueves, 17 de enero de 2013

11. Guayabera y machete


Las olas rompiendo sobre el Malecón parecían cantarte al oído y regalarte dos gardenias porque te adoraba, porque te quería. Porque solo en las terrazas viejas de suelo milenario te pueden querer, solo ahí te pueden cantar y bailar y solo esa sangre puede sentir que hierve al ver tu estrepitosa figura imitando el tumbao, dándole toquecitos del patetismo neurológico de tu tierra. A veces te imagino disfrutando como siempre has hecho de ese baile sabroso, obligándolos, como solías hacerme, a bailarte noches enteras sin reposo, dejando que tu cadera quebrase las suyas, si catira, lo tuyo es el baile preñado de antaño, las gotas cayendo en tu escote y reviviendo pesadillas, el dolor de píes del tambor y el guateque rumbero con sancocho de pollo. Tu lo que quieres es que te apaguen el fuego como a Tula, lo que tú tienes es tremenda prisa rubia, el robótico caminar de tus hombros rechonchos  es la biblia hispana de ese calor húmedo y chorreante del chocolate con leche que es lo que queda. A ti lo que te gusta, mujer, es el cacao todavía fresco, la pulpa dulce que se deshace entre tu lengua y tus dientes. Un negro fuerte con guayabera y machete que te aguante la noche entera. 

viernes, 28 de diciembre de 2012

Carta a una admiradora


Querida,

Comienzo esta carta así porque imagino que le será querida a alguien, no a mí. Eso, cariño (aplique usted la misma regla), lo sabe muy bien y me lo ha hecho saber a través de numerosas cartas insultantes, insultosas suena mejor, pero no existe… una pena.
Déjeme decirle que tiene usted una boquita muy sucia.
A raíz de su última carta, la 36, que seguro recordará (la de “gusano violador”), me puse a pensar. Empecé pensando, como es normal, en un gusanito que subía a una planta y zas montaba a otro gusano con el salvajismo del que solo los gusanos son capaces. Una y otra vez mi gusano desgarraba la ropa interior de gusanos y gusanas ante terribles alaridos. Pero no había historia, sinceramente desconozco los rituales sexuales de los gusanos y adentrarme en tales mundos asusta a cualquier escritor novato.
Pero entonces me acordé de otra carta, la 17 creo que era, en la que “la putrefacción de mi alma hacía parecer al Diablo un buen católico”. Y entonces me vino a la mente una misa de gusanos, todos arrodillados en una iglesia,  con un pequeño libro a su lado, bien peinados, bien vestidos, que luego salían y cogían sus coches enormes, Chevrolet’s  y Ford’s en su mayoría, y se iban a comer en familia un pavo enorme. Y seguí indagando, vi a esa pareja de gusanos, llevaban casados 3 años, tenían un gusanito de 5 y una gusanita de 2, estaban todos sentados en silencio mientras la madre iba reponiendo platos enormes de comida. La casa tenía un gran jardín, con el césped más verde del vecindario (pese a que el vecino le encantaba comérselo). El padre se iba a su despacho y hacia una llamada. Cogía el coche y se plantaba en Manhattan donde bajaba a buscarlo un precioso espécimen, era artista, llevaba una falda ancha que movía al aire sin pudor. Se besaban largo rato y subían a beber y hacer el amor. El gusano parecía más feliz que nunca.
Resumiéndole la carta querida, a raíz de esos pensamientos logré estructurar una historia, se llama Manhattan, habrá oído hablar de ella (todavía espero su opinión al respecto). No sé como agradecerle tanto interés en mi trabajo, así que le adjunto un cheque de 3000 dólares que será parte de la recaudación.

Siempre suyo,
Gusano violador.

Pd: Le deseo a usted y todo el que lea esta carta, un maravilloso año entrante.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

10. Cuento de Navidad


Suenan campanas y no parecen las ruinas de una religión sino el tintinear melodioso acompañando el galope de una visita amañada. Abro los ojos y la luna alumbra el paquete de cigarros. El fuego enciende un poco más el ambiente y salgo de mi habitación guiándome con las caladas rojas de madrugada. Intento no hacer ruido mientras escucho el respirar indomable de una persona en mi sala de estar. Suenan botellas, es Santa Claus sirviéndose un trago en mi despensa.

-Buenos días Santa.
-¡Hombre Guillen! Siento entrar sin llamar pero ya sabes cómo funciona esto… me dijo sonrojado por la intromisión o por las largas horas sobrevolando el polo norte.
-Tranquilo hombre, siéntate un rato y nos hacemos compañía.

Nos servimos un par de tragos y dejamos la botella a mano. Santa no es como se dice que es. Es un tipo muy sarcástico, le gusta hablar, mucho, dice que los elfos solo estudian ingeniería y que él siempre fue de letras.

-Tienes esto hecho un asco. Y en vez de calcetines, te tuve que haber traído un buen Bourbon…
-No te quejes Santa, el error es mío por dejar de escribirte.
-¿Tienes otro? me pregunto señalando el cigarro.
-Toma el mío, luego busco más.

Estiró el brazo y con dos dedos empezó a fumar. Tenía esa expresión que sólo el que ha dejado de fumar y anhela el tabaco pone .

Nos miramos largo rato, ya nos conocíamos, nos conocíamos bien. La primera vez que me lo crucé yo ya tenía 17 años, fue una noche de navidad que volví arrastrándome a las 3 de la mañana. Le había gustado el sofá que me habían regalado, la botella de ron naranja importada directamente del país de la caña y por lo que me contó posteriormente, también le gusto la novia que tenía durmiendo plácidamente en mi cama. Hablamos largo rato y se fue al menor despiste. Venía todas las navidades y me dejaba alguna sobra de lo que tenía en el almacén. Me decía que pese a que nunca fui bueno, siempre compartía los vicios. A veces yo no estaba en casa y me dejaba una nota, su caligrafía seguía pareciéndose a la de mis padres, nunca me lo explicaré.

-Te veo solo Guillen. Jodidamente solo.
-Pensaba comprarme un perro pero luego me dio pena por él, ya ves que no hay pelos.
-Ya veo ya… en el fondo hiciste bien. ¿Has vuelto a escribir?
-De vez en cuando, un par de tonterías, por fumar y beber justificadamente.   
-Y quién no… dijo melancólico. ¿Me traes otro cigarro?

Hinqué mis rodillas y me levanté, me acabé el fondo de licor barato y con las cejas en alto me despedí del gordo. Me pareció escuchar un “Jo,Jo,Jo” que desaparecía según cogía otro cigarro.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

9. Un sueño

A veces sueño contigo y estamos solos y así tus brazos como guirnaldas me abrazan.
A veces sueño contigo y me despierto y no me acuerdo si te quería en el sueño
o te odiaba despierto.
A veces mis lágrimas se estancan y corre el polen a mis ojos
que enrojecidos explotan al caer el día, como en sueños.
No son paredes sino telas las que separan el ruido de tus bostezos
de mis nuevas noches,
las  que parecen viejas amigas dando por muerto un puñal mal dado,
un diente de oro brillando allá a lo lejos donde linchar es esa sonrisita rubia
que corre.
A veces no sueño nada y me despierto queriendo darte un beso,
será la bilirrubina, el aburrimiento
o es que tu piel es la seda de mis labios y la pantomima de mi noche.

jueves, 6 de diciembre de 2012

8. Una hora en mi vida.


Me desperté con los pies helados de caminar las calles descalzo, humillado y con vendas en las manos. Caminé calle abajo adentrándome en la memoria colectiva y vi como se reescribió la historia de mis zapatos omitiendo la desgarradora verdad de nuestro vandalismo oportuno y como nos creímos todo, como la noche anterior buscábamos sexo o pelea o en su defecto alguna droga que nos hiciese olvidar, un momento, la atenta realidad que pesaba sobre mi. 
Me senté en un banco y para el clamor y felicidad popular les diré, si, con un cigarro, porque los fumadores somos raras bestias, que hagan lo que hagan, fuman. Ya lo verán. Pero además con los días de espera que quedaban, las horas conmigo mismo que venían, la soledad, ya no la melancólica que tanto me enseñó. Se sentó a mi lado una silueta que sin inmutarme sentí, sin mirar supe que era mujer, el perfume me atravesó las narinas desacostumbradas al agudo resquemor de olores tan delicados. Me pidió fuego. Se lo di.
No la miré hasta que su “gracias” quiso llamar mi atención. La miré, me estaba mirando, quería que le hablase. Cuanto tiempo… no me acordaba lo que eran esas miradas interesadas, esas miradas remolonas que buscaban conversación. No sé si era el vino de la mañana pero esta chica era hermosa. Rondaba los 24 años, pómulos suaves, carnosos, piel oscura y ojos profundos color miel de azahar que sin saber por qué atrapaban y te hacían querer arrancarte un pedazo de ti el más grande. Tenía el pelo oscuro y rizado y me hablaba casi con susurros, con una voz tan dulce que su perfume pasó de embriagador a mera especia. Estaba inclinada hacia mí esperando respuesta. Sus ojos se clavaban en mí y la torpeza del que no está acostumbrado me invadió. Las palabras se cortaban como hielo seco, el calor de mi cara dio paso a una tez rojiza insólita en alguien que odia al mundo y pasa sus días bebiendo y fumando gracias a una triste herencia, en alguien que no espera nada de nadie. Sus pechos sobresalían en un chaleco gris, sus vaqueros dibujaban unas piernas largas que llegaban hasta sus zapatillas de deporte que hablaban de humildad. Quizás no se dio cuenta de mi estado, quizás vio al abogado que hubo un día en mi o a ese Dostoievski, Baudelaire o Hugo de mi adolescencia. O puede que fuese Cortázar…
Las palabras salieron e inundaron su cara de una belleza indescifrable llamada sonrisa y a un nombre, Isabel, que hizo que en mi boca pareciese un insulto, una broma de mal gusto. Me habló de ella, de su pasión por la gente, yo le hablé de mí, de mi caída a los infiernos, de mi familia, de mis ex novias, de mis ex amigos, vamos, de mi ex vida. Pero también le hablé algo de mi vida. 
Pasó una hora en las que me invitó a un par de cigarros y a un trago de agua y un sándwich. Compartió la misma botella conmigo… Me creí en el cielo.
Se levantó, me levanté, me dijo que le había encantado conocerme, que vendría la próxima vez a este banco a ver si me veía y volvíamos a hablar un rato. Me dio dos besos y mi barba de pronto olía a ella…
Se dio la vuelta, y ahí inmenso e intimidador, en su chaleco, una cruz roja dominaba su espalda. Tanto así que ni me fijé en su culo, culo que ya nunca sería mío, la bajada a los infiernos había sido real y este cielo momentáneo, una mera asociación benéfica creyendo ayudarme.
 Otro cigarro y a por vino. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

7 y un poco mas


Desear que mi alma vuele otra vez sobre el papel que demasiado seco se reseca al sol e inspira con genial gramática el ojo claro de la amistad, de nuestra amistad, del arte de amar, del que un día amó, de los pajaritos que suben y bajan, los petirrojos, los azules y los beige, todos acunados, olvidando lo que un día me dijo ese viejo y sabio rufián. Adoro flotar sin fumar, adoro beber sin desvariar, odio recordar tu pelo llorando por fases porque fue un poquito más de lo que siempre quise.
Atrapados estamos en este mar que nos encarcela siendo la humanidad un deseo único del cielo que se empeña en alejarnos de la realidad. Todo esto suena demasiado rebuscado, demasiado a secas.

Y con esto empiezo presentándome ya por fin como lo que soy, un mosquetero sin espada, un sabueso sin olfato, un vendedor sin alfombras, un amante deprimido, una hoja que cayó al fin y rozando la tierra alzó la vista más allá de lo que nunca había hecho y sintiendo el viento cálido levantarla y acunarla junto a las otras, supo que su esqueleto sobresalía ya de sus colores. Todos somos todo y yo no seré menos, soy carnicero y soy pastor, soy marchante y soy rebelde de profesión, soy político y soy chapero, soy una bestia mitológica y soy el que te acurruca junto a la chimenea para que no llores y que a la salida se sonríe y te toca una teta tan asustado como miserable. Pero ante todo, soy el que defiende y defenderá las letras como la única razón de existir y crear existencia, para brillar y para hacer del anochecer la poesía que en verdad es y no un cúmulo de gases, que las carnes tiemblen y que los cigarros no sean meros palitos incandescentes que provocan tos seca y tumores innombrables.

No sé si por demostrar algo o por miedo, pero siempre adopté cierta complacencia con la gente, un ánimo de superioridad que me dio cierta ventaja, siempre tuve un libro raro, una mención especial, un autor cliché, siempre rechiné al verla con su estupidez de siempre, siempre fui un pedante sin tabaco que mascar. Todas esas cosas tan deplorables, palabras mal usadas, conjunciones, adverbios, participios malgastados por un órgano que bombea sangre al resto de órganos… Paseaba cual imberbe seguro que la vida no daba la vuelta a la esquina, la esquivaba como la esquivo hoy y todo su peso y consecuencia, como el resto, de una perfección que pasma e inquieta. Quizás por ello nunca me creí.

Luego conocí a una, nos casamos, o algo así, en realidad ni vivimos juntos, pero como si lo hubiésemos hecho porque hicimos algo más, nos inventamos, pasamos de ser una cola y un cuerpo redondo, a una cola, un cuerpo redondo y unas patas para terminar siendo en su caso una ranita de colores hermosamente llamativos y yo a perder las patas. Aprendí mucho, pero casi todo mal.

Así que nos divorciamos, o dejamos de vivir juntos, bueno se fue al carajo y me quedé solo con mi cola. Más grande que al principio, se estiró de ser mi única extremidad útil. El caso es que sin la ranita de colores que me protegía de los depredadores y con la charca cada vez más seca, decidí no decidir nada y empezar a escribir.  La charca no da para mucho, pero al lado de la charca había un cine al aire libre y en las noches frías de invierno cuando la charca helaba, me acurrucaba entre alguna pareja emanante de calor y disfrutaba de maravillosas películas cuyo fin desconozco y me trae sin cuidado. Empecé a esbozar ideas, imágenes y parajes que aturden, parajes que no he visto ni quiero ver, amores de los que huyo como la lepra, mujeres con pelos interminables y sonrisas que de blancas e inmaculadas perdieron la base del beso rasposo con sabor a hielo rancio y coca cola. Y en esas estoy, sin nombre ni país, sin familia ni amigos, sin cambios ni aspiraciones y con la única certeza cercana de no querer ser ese bicho mal pisoteado, sin querer ser esa hormiga obrera comida por su reina al morir a su servicio ni esa mantis cuyo coito por sorpresa le costó la cabeza.

Tampoco quiero llevar la vida de un trovador porque no valoro lo suficiente mis amores ni a mis superiores. No escupo sobre la sociedad porque al fin y al cabo es la que nos brindará el cartón y la botella en una bolsa de papel. No pienso portar la palabra de la humanidad, porque ni en mil años quiero terminar con un tiro en la cabeza a mitad de desfiles cutres y coches sesenteros y porque la producción de admiración es la más misteriosa e insolente mentira que nos pueda abofetear.  

domingo, 25 de noviembre de 2012

6


La sangre cae delicadamente sobre las uñas que inertes dejan que se vaya, que huya del cuerpo que fue su hogar y creador, dejando el rastro sobre el frío que mata, sobre la nieve que recibe gotitas que forman charcos y mares enormes del rojo odioso, mares nuestros, súbditos del mal. Alguien te da la mano, alguien te quiere, alguien que lleva ese dios y lo sabe sin saberlo, alguien raro, que sufre demasiado porque su alma no es de hoy, porque sus labios son demasiado buenos, porque su llanto es sincero. A veces quiere hacer daño y no lo hace. No puede.
Me acuerdo escasamente de esa ciudad en la que estuve, locura fugaz, estampida enorme de pasión que me comió literalmente. Recuerdo tocar la ventana y que el rocío cayese en mañanas de noches en vela, de pensar en alguien que hoy no existe, sintiéndome culpable por no quererla, me acuerdo de cómo París es único, me acuerdo de enamorarme sin quererlo y obviarlo hasta que quemase lo suficiente para esconderlo al fondo. Recuerdo vagamente fumar y tomarme cafecitos, pequeñitos para que el bolsillo resistiese, contigo, y sentirme empequeñecer por tu puro sadismo, tu indiferencia cruel, tus manías sureñas. Me gustaba algo por ti, viví quizás por ti y me culpaste por ello, me castigaste por eso, sufrí por tu cristianismo exacerbado y hoy por eso te olvido . Pero a veces me acuerdo de París, y me acuerdo de ti. Tú que eres una sonrisa aristócrata, que eres unos ojos de diva, una boca que domina allá por donde tus vestidos vuelan y se escapan por poco a mis manos mal pensadas. No sé cómo te llamas, no sé porqué te quise ni si lo volveré a hacer, no sé si el faro alguna vez te volverá a alumbrar los ojos conmigo enfrente y con las mejillas resplandecientes mirándome otra vez, no sé si bajaré a verte o si subirás a verme, si acallaras mi dolor o seremos dos extraños más. Pero si sé que no hay puente, ni escalera, ni canal, ni película que no me recuerde a ti, que seas tú una y otra vez decorando con tu belleza París.
Y  ya cuando volví, la olvide, olvide los canales y los paseos, había que volver a la realidad. Y así, de nuevo, la olvidas.