Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de diciembre de 2016

En la trinchera

En una trinchera, acosado por los remotos pasos que atestiguan que sigo vivo pero me queda poco, fumo un cigarro y lo disfruto como si fuera el último. Entre el humo y el frío pienso e intento repasar mi vida, mi legado tacaño porque soy joven, porque no pensaba morir tan pronto. Aunque tampoco tuve nunca la sensación de que fuese a vivir mucho.

Es raro, tenía a quinientos tipos que habían perdido a sus familiares y amigos a menos de un kilometro de distancia, nosotros no éramos más de veinte en esa trinchera y apenas teníamos munición. Sabíamos que no iban a tener piedad de nosotros y que la retirada era imposible. Teníamos un río crecido que nos cerraba el paso. El Capitán Holl se había pegado un tiro hacía diez minutos y nuestro mando más alto era un sargento, "Bebo" le decíamos, y ya nos había dicho de relajarnos y rezar.

A mi dentro de lo que cabe me daba igual. Es raro que te de igual morir. No sabía muy bien por qué pero así era. Sólo quería poner en orden y recapitular mi vida, darle un pequeño homenaje a la que lo había sido  los últimos veintiséis años. Parece más fácil hacerlo tan joven que con ochenta pero no creo que lo sea. Te cuesta encontrar algo que hayas hecho realmente, te cuesta saber si era esa chica de pelo oscuro y ojos grandes la que merecía ser la mujer de tu vida. Te costaba saber si la escueta estantería de tu habitación se mantendría en pie, si los pasos que anduviste camino al tren seguirían marcados el año que viene. Sabías que el viento borraría las lágrimas antes de la siguiente lluvia.

Me puse a pensar en ella y si realmente era esa mujer que al cerrar los ojos poblaría mi retina roja. Todo había acabado ya entre nosotros y de haber seguido viviendo cuarenta o cincuenta años más jamás entraría en la lista de las posibles candidatas a ser la mujer de mi vida. Pero dadas las terribles circunstancias en las que me veía, tenía que considerarla. Además siendo sinceros había pensado mucho en ella estos últimos días de agonía. La cuestión era saber quién era la mujer como ente mágico que había sido capaz de transportarme al más allá con el mero sonido de su ropa interior deslizándose por sus muslos y ocultando sus pies pudorosos. La idea de paradigma de la continuidad del ser humano, como objeto de guerras, de deseo y de febril excitación. La que había sido capaz de llevarme hasta Troya por recuperarla.  Me mataba la idea que fuese ella, con la que había compartido casi un año, con la que habíamos pasado seis meses de fabuloso frenesí y otros seis de auténtico infierno, la chica que me despertó soñando y me acunó llorando, la que no tuvo la valentía de quedarse a mi lado cuando la guerra llamaba a mi puerta, fuese mi Helena, mi Beatrice.
¿Pero qué sentido tiene buscar quien fue con veintiséis años? Seguramente ninguna lo había sido. Pero poco más podía tener de debatible en mi vida, a mi familia la quise sin condición alguna, mis amigos, mis perros, mis escasos estudios, mi coche, mi traje, mi trabajo o mi bosque favorito. Todo era único, todo era un paseo triunfal en mi memoria y llevaba pensando en ellos desde que me puse las botas y cargué el fusil en mi hombro el primer día en que perdí mi humanidad en esta lluvia de casquillos. Ahora quería saber quién sería a la que al cerrar los ojos le dedicaría mi última erección.

Ya casi había descartado a la de pelo oscuro, es verdad que había sido la última y que había pasado con ella momentos increíbles, pero sus energías me habían hecho daño, sus uñas se habían clavado en mi con descaro y yo siempre odié el descaro. Parecía que mi dolor la ayudaba a sentirse peor y eso la incitaba a más.

Mi cigarrillo empezaba a apagarse por la humedad, pensé que si éste duraba un poco más quizás no se darían cuenta hasta dentro de un rato que no éramos sino veinte chavales rezando y esperando que todos los cuentos chinos fuesen ciertos.

La primera vez que descubrí que la gente se te podía entregar en un maravilloso acto de confianza y sin pudor alguno fue cuando apenas tenía juicio, saliendo de mi infancia e iniciándome con pasos temblorosos en la adultez. Fueron situaciones nuevas, olores y sabores desconocidos, movimientos torpes que fueron creando mis habilidades y mis manías. Ella era una preciosura, sencilla, despreocupada, feliz como no he conocido a nadie y eso me hizo feliz. Y la felicidad siempre me aburrió. Pronto nos dieron las doce y las campanas no sonaron. Huimos de nosotros mismos con mayor o menor suerte. No podía ser ella, no. No me acordaba de su olor, no me acordaba de sus lunares ni del sabor de su boca al despertarse de madrugada buscando la mía.

Conocí muchas curvas después de ella que llenaron noches enteras sudando y babeando sabanas desconocidas, entregándome sus cuerpos únicos mientras yo e preocupaba de que calentasen sus cuerdas vocales. Pocas me duraron más allá del amanecer y con pocas caminé por ciudades alumbradas o me recosté a ver las estrellas mientras empezábamos a follar. Pocas me venían a la cabeza al menos. 


Mi cigarrillo consumido vaciaba su cuerpo sobre el suelo enfangado, se me acababan las ideas y me invadía el nerviosismo de no haber hecho nada en mi vida. Y todavía me ponía a pensar en mujeres. A decir verdad siempre había pensado más en mujeres que en cualquier otra cosa. Siempre quise ser viejo para perder mi lívido, dedicar mi tiempo a algo más individualista, a algo que no estuviese ligado con alguien, olvidarme de la sangre que cae hasta mi polla. Pero ya eso no iba a pasar y no pasaba nada. Pero decidí olvidarla a ella y a todas. En verdad me invadió la rabia. Me dio la impresión que el problema no era mío, que ya no existía el amor, que éste se había perdido en la masa de encefalogramas planos que poblaban las naciones desarrolladas. Me daba la impresión que ya no había lugar para el heroísmo en el amor entre tanta pantomima y heroína. Casi prefería morir pensándolo bien. ¿Quién se va a arriesgar por mi? ¿por él? ¿Por Bebo? No éramos más que jóvenes de clase media baja, carne de cañón, monigotes en salas de tiro. ¿Quién podía perder la cabeza por nosotros? No somos más que las semillas que quedarán en la tierra abandonada, no somos más que la ceniza que cae de nuestros cigarrillos casi extintos. El amor nos ha sido prohibido, la vida nos ha sido confiscada y con ella las balas que ya pitaban en nuestros oídos y que nos recordaban que éramos demasiado jóvenes para testamentos.  

jueves, 11 de julio de 2013

Otro viejo, el mismo mar

El sol, como cada mañana, se levantaba en Sabana alumbrando los árboles que daban a los gallineros en donde cientos de gallos llevaban horas cantando. El calor no había empezado a repuntar, las flores no se abrían todavía y el aroma a café invadía las calles del pueblo recién nacido, este Macondo escondido tras las olas enormes que moldeaban las rocas y los sueños de sus gentes. Las calles sin asfaltar eran testigo de grandes y estruendosas mulas que sin prisa se dirigían hacia el monte, acompañadas solemnemente por sus amos. Sondeaban el camino los campesinos montados en sus soberanos caballos sin montura. Y  los más humildes y madrugadores, los que la inmensidad del mar había corroído hasta convertirlos en sabios que luchan día a día contra la muerte vestida de Dios impetuoso, los que llevan la paciencia por credo y bandera, los pescadores.

Estos eran fácilmente reconocibles. Vestían humildemente, camisetas viejas y pantalones cortos que dejaban a la vista su piel morena y estropeada por el sol y la sal, piel con grietas blancas, piel áspera como el más vil metal, piel trabajadora, piel llena de cicatrices, llena de anzuelos, llena de vida. Caminaban lento y solos, se juntaban en el muelle. Los ojos hinchados de no dormir, la boca oliendo a café y tocino y el pelo tieso, casi no hablaban, tendrían horas interminables para hacerlo.

Arrastraban los pies, navegaban mejor que caminaban.

Ya al tocar la arena las fachas cambiaban. Ya no eran estos pequeños monigotes callados que hablaban casi susurrando, ahora funcionaban como maquinas de ingeniería, movimientos exactos, palabras precisas, parecía un vals exquisito de grandes salones vieneses, minuciosos poniendo el sedal, veloces como rayos desenredando nudos estratosféricos, rigurosos con los aprendices. Solo este rigor les prepararía para las inacabables horas con Neptuno a su lado. 

Así eran las mañanas en Sabana, nadie se sorprendía, nadie esperaba otra cosa. Cuando el sol quemaba en lo alto, ya todo había desaparecido, ya nada parecía real, la orquesta de almas no retomaría hasta la mañana siguiente, o la otra si la pesca era mala.

Pero entre todo este barullo vivía un hombre, o eso dicen algunos que era. Para mí era un dios pasado de moda, un vaquero cuyo ganado había sido expropiado por nuevas generaciones. Antes que el sol alumbrase, antes que las mulas dejasen sus huellas sobre la tierra, cuando solo los gallos cantan, él salía  descalzo con el peso de una vida de soledad, salía tarareando con sus voz habanera, una voz que era amargo dolor. Recogía unos carretes y evitando cualquier mirada se dirigía a la playa que lo esperaba tranquila. Dicen que al que madruga... 
En el pueblo hablaban mucho y de muchos, las ventanas indiscretas poblaban las casas, los chismes eran, como la ganadería o la pesca, otra religión. Pero de este viejo ya no hablaba nadie, era menos que nada, menos que un sueño, que un fantasma, que una rata. Vivía cerca de la playa en una cabaña. Seamos indulgentes y llamémoslo cabaña... Una cocina de gas, un colchón y dos sillas, una dentro y otra afuera a la derecha de la puerta. Los carretes colgados en clavos contra la pared y una cajita llena de puros, un par de fotos y unos billetes para su entierro, sobre una mesita. 

Esa mañana todo transcurrió como siempre, cogió unos cuantos puros, un par de dientes de ajo para mascar, unos cuantos carretes, la red para la carnada, las alpargatas y se dirigió hacia la barca. Desde la orilla tiró la red y fue sacando pequeñas lisas y sardinitas que puso en un cubo. Como todos los días, se encendió el puro y empujó la barquita sobre unos troncos hasta que el agua le besó las rodillas. Saltó como si no hubiese mañana y con los remos se fue impulsando hacia mar adentro.
 El mar estaba plano como una tabla, remó hasta dejar el turquesa del agua y adentrarse hacia la oscuridad del azul profundo. Cansado se sentó a fumar y a admirar como el mar dominaba ya la tierra a lo lejos, como  las olas lamían la copa de las palmeras por allá, como las gaviotas escoltaban los primeros pescadores que desenredaban sus redes, prestos a embarcar, como el mundo, desde ahí, parecía una sinfonía de perfección. Nunca creyó en nada, su único Dios era el mar.

Con la misma devoción y al acabarse el puro empezó a alimentar los anzuelos con tiernos "cracs" de las lisas atravesándolos. Tiro los nylon y solo sostenía la colilla del puro en una mano y un carrete en la otra. Empezó la hermosa espera de la que solo el pescador disfruta.
Apenas picaban, cogió un par de pargos, un atún pequeño y pasó horas bajo el sol mascando los restos pastosos de los ajos. Esto lo aprendió de su padre, decía que limpiaba los dientes y evitaba la sed. Podía pasarse días enteros con el mismo diente de ajo. 
La barca no había dejado de moverse pero el viejo conocía cada una de las calas de la zona, cada una de las playas, de los islotes, puertos y pueblos de los alrededores. Se dejaba llevar, no importaba cuán lejos, luego remaba incansablemente hacia su cabaña. Tenía mil historias, mil avistamientos de ballenas, tiburones, delfines, incluso una vez dijo haber visto y escuchado una sirena, tan hermosa que su solo recuerdo limpiaba sus ojos mustios de mirar el infinito.
Y así siguió el día, un par de sargos, una mabra y un merillo. Algo sacaría por el merillo, necesitaba más puros. Nada ensuciaba la hermosura azul, nada escondía la pureza del mar. En la zona todo el mundo remaba, no había motores que hablasen de modernidad, no había barcos que ensuciasen el coral. Lo único que había era mar y solo mar.
La vida pasaba y no había dejado de pasar para el viejo, la muerte nunca le asustó, siempre estuvo ahí, abrazó a su mujer, a su hijo, a sus padres, él la esperaba con filosofía, casi con amor. Ese día no tenía nada de especial, todo había salido como era habitual, como venían siendo desde años atrás.
A veces recordaba las caras que antes miraba todos los días, sufría en silencio, apretaba la mandíbula para sacar el dolor, para aplastar el ajo o el puro, lloraba en silencio. Solo veía los ojos inmensos de peces muertos todos los días. No había besado a nadie en años y moría por sentir la suave piel de su mujer contra la suya rasgada.

Al cabo de las horas el viejo, que sin querer cerró los ojos más tiempo del habitual en cualquier ser vivo, se encontró encallado en una roca cerca de un islote paradisíaco. Asustado por su repentino desconocimiento remo hacia la orilla. Ya no estaban los peces, solo quedaba el carrete en su mano y la colilla del puro. La corriente era despiadada y no avanzaba según sus brazadas. Sintió algo debajo de la barca. Algo grande. Un tiburón pensó. Quizás era Pancho, un tiburón toro que dominaba una parte del coral, era el único que rondaba la zona día y noche y no se asustaba con la gente y no se dejaba pescar por nadie. No era Pancho.

De pronto la barca empezó a moverse desde la roca donde había encallado hacia la orilla, en línea recta dejando tras de sí una gran estela parecida a un río, a un rio inmenso, al Aqueronte podría ser. Lo que sea que estuviese debajo lo transportaba velozmente, era un balsero submarino. Cogió el plomo del carrete y lo tiro debajo de la barca. Nada. Al llegar a la orilla se bajó y vio como su barca se perdía en la inmensidad del mar y como la tranquilidad de la naturaleza lo domaba poco a poco mientras se acostaba bajo una palmera, puro en mano.
Algunos dicen que fue la sirena que lo llevo hasta ahí, otros dicen que murió en la mar pescando un enorme pez espada, lo cierto es que su barca llegó a la orilla, frente a su cabaña, dos días después, con dos sargos, un merillo, un par de pargos, los carretes enrollados, un puro a medio fumar y medio ajo sin mascar.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Carta a una admiradora


Querida,

Comienzo esta carta así porque imagino que le será querida a alguien, no a mí. Eso, cariño (aplique usted la misma regla), lo sabe muy bien y me lo ha hecho saber a través de numerosas cartas insultantes, insultosas suena mejor, pero no existe… una pena.
Déjeme decirle que tiene usted una boquita muy sucia.
A raíz de su última carta, la 36, que seguro recordará (la de “gusano violador”), me puse a pensar. Empecé pensando, como es normal, en un gusanito que subía a una planta y zas montaba a otro gusano con el salvajismo del que solo los gusanos son capaces. Una y otra vez mi gusano desgarraba la ropa interior de gusanos y gusanas ante terribles alaridos. Pero no había historia, sinceramente desconozco los rituales sexuales de los gusanos y adentrarme en tales mundos asusta a cualquier escritor novato.
Pero entonces me acordé de otra carta, la 17 creo que era, en la que “la putrefacción de mi alma hacía parecer al Diablo un buen católico”. Y entonces me vino a la mente una misa de gusanos, todos arrodillados en una iglesia,  con un pequeño libro a su lado, bien peinados, bien vestidos, que luego salían y cogían sus coches enormes, Chevrolet’s  y Ford’s en su mayoría, y se iban a comer en familia un pavo enorme. Y seguí indagando, vi a esa pareja de gusanos, llevaban casados 3 años, tenían un gusanito de 5 y una gusanita de 2, estaban todos sentados en silencio mientras la madre iba reponiendo platos enormes de comida. La casa tenía un gran jardín, con el césped más verde del vecindario (pese a que el vecino le encantaba comérselo). El padre se iba a su despacho y hacia una llamada. Cogía el coche y se plantaba en Manhattan donde bajaba a buscarlo un precioso espécimen, era artista, llevaba una falda ancha que movía al aire sin pudor. Se besaban largo rato y subían a beber y hacer el amor. El gusano parecía más feliz que nunca.
Resumiéndole la carta querida, a raíz de esos pensamientos logré estructurar una historia, se llama Manhattan, habrá oído hablar de ella (todavía espero su opinión al respecto). No sé como agradecerle tanto interés en mi trabajo, así que le adjunto un cheque de 3000 dólares que será parte de la recaudación.

Siempre suyo,
Gusano violador.

Pd: Le deseo a usted y todo el que lea esta carta, un maravilloso año entrante.

martes, 23 de octubre de 2012

Uno


Cartón en boca, alto y claro declaro, que un baile a dos es más placentero. Por eso admito que me equivoco, que bailar solo no es bailar… no. Vestido con mallas todavía, me dirijo a ustedes para escenificar el pecado de mi historia reciente. Una historia que se podría resumir en medio folio y que quizás así sea. Intentemos que no.
Para hablarles tan francamente debo conocer algo de usted lector, pero al escapárseme el individuo en tal masa, renuncio a tal pretensión. Les hablaré igual de corazón.
Me llaman Guillén y todas las semanas escribo en esta vieja máquina lo que me hizo llegar a ella. Las gotas, los rostros, las ideas y cada ajetrear de esas pestañas que como colibrís me atontaron. Es posible que les hable de algún labio que se comió al mío, de ella y de las otras. Quién sabe. Pero por fin disfruto de teclas, cigarros y buen alcohol de contrabando,  Dios los bendiga.

Llegué a esta máquina no por menos azar del que llegan las cosas maravillosas de la vida. Desde pequeño juguetee con algún libro, revista o lo que por ahí rondase. Al principio los destrozaba con dientes salientes y puntiagudos y después con dedos empolvados. Al final fueron mis ojos que desgastaron con eternas miradas las letras de años de soledad.  Así con el tiempo adquirí cierta soltura para esquivar malas balas y para comentar vida desde angostas calles, para reconocer el pulso de los pasos que voy dando. El resto del porqué me divierte teclear como un poseso durante horas puede que llegue.

Mi sangre corría y existía como en el siglo XVIII. Pero como a todos, llega una, te da todo, te lo quita, y cuando creías que era especial, que la estrellas se ponían en corro, con medio porro, a mirarte besarte, te das cuenta que fue la misma mierda que el vecino de al lado que el de en frente y del que pide en el metro. Sufrí porque todos tenemos que sufrir, y hoy con callos que parecen trompetas no me preocupa más que eso el Paraíso, Dios o los margaritas del Pórtico de Jesus.  Porqué cuando hablamos de amor, nadie da todo, nadie cree en Romeo ni en Julieta, para que morir de amor, total, mejor malvivir o ser feliz en la sombra de un romance, saltando de uno en uno para olvidar nuestra levedad. Al final siempre agradecerás al o la que te enseño nuestra fondo de armario, al que te enseñó a que sabe el suelo, por que sin ellos tardaríamos quizás 6 meses o 1 año más en averiguarlo. Y por un año de ahorro, a todos y todas.
  
Al final no me queda tiempo, si no me muero, volveré el mismo día a la misma hora.  

lunes, 22 de octubre de 2012

Fritura colonial


Empezaron a caer unas cuantas gotas, el cielo llevaba nublado un par de días y por primera vez sonrojaba a la tierra con el tacto del agua. Muchas fueron las voces que gritaron de emoción, las mujeres que trapos fuera, deshicieron sus maletas y se postraron al son de las caricias del cielo.  Las presiones se acabaron, el vacio de los campos y de las mentes agredidas había dejado paso al fresco aroma del otoño tardío.
Y entre tanto, muy lejos de donde las gotas caían, la radio encendida, pijama de corpiño de talle alto y lupa en mano, un niño jugueteaba en una gran terraza, llena de mierda de perro y del silbar auténtico de coches atrapados en el tiempo. En la habitación contigua se pudría un hombre dejado a remojo en su propio sudor en un sofá. Se oía desde la terraza la represión sufrida por este extra, tremendas peleas entre la cocinera, la madre, y la sutil imagen que pasaba los días ocultando las malas pastillas, el padre.
Era tarde de dominó, el único atisbo de vida, los únicos gritos avivados por eléctrica aguardiente, los únicos golpes que revivían el alma dormida de penes inservibles el resto del tiempo, la pasión que se traspasaba horas más tarde al dormitorio y a la fuerza bruta.
 Una sola bombilla alumbraba la mesa con los cuatro bebedores de primera. Las pieles oscuras brillaban intensamente, los labios bailaban y hacían bailar las palabras de la cultura inhóspita del alcohólico, de los parásitos que de no hacer nada, se convirtieron en filósofos a la espera de un buen editor.
La noche pasaba entre los grillos silbones y el calor húmedo que imposibilitaba las noches deshidratadas. El niño jugueteaba solo como siempre, robando colillas de cigarro, restos de cervezas o cubalibres y huyendo entre la maleza para ingerir el botín siempre de golpe. A veces aparecía el hijo de uno de los negros, Domingo, pero el alboroto era tan inaceptable para los padres de cupón, que procuraban no hacerlos coincidir.
Ese día toco cubalibre, dos cigarros, media lata de cerveza y un cigarro que olía maravillosamente bien. Se retiró cerca del río y se sentó a ver la corriente pasar.
Bebió todo de un trago y fumó atragantándose con convulsiones controladas. El cigarro aromatizado lo dejo planchado en la orilla levantada. Se dejo invadir por el chirriar de los millones de insectos que lo rodeaban, por los gritos de los monos a lo lejos, el aletear de los murciélagos que nerviosos cazaban y acallaban algunas de las voces de la noche. En la selva nunca estas solo, eso lo aprendió desde muy pequeño. Se sentía extrañamente bien cuando auscultaba la noche de la selva, cuando escuchaba y no veía, cuando sus pasos no eran más que la memoria de raíces salidas y agujeros centenarios.  Que sus ojos no sirviesen para nada era un aliciente más para adentrarse en aventuras que para él no eran, para recordar las mil historias contadas por su padre y compañía para asustar a sus hijos y que no se atreviesen a alejarse mucho, era un aliciente para así disfrutar de verdad la luz de la luna que dibujaba siluetas en el agua incansable del río vecino.
Se oyeron pasos en el agua, algunos murmullos que se acercaban. La corriente pareció estancarse. El agua yacía inmóvil y los ruidos de la selva callaron desconcertados, especantes. Se fue alumbrando un pasillo en el río y una procesión teñida de blanco, como flotando, apareció ante sus ojos.
Sus voces graves guiaban las antorchas, sus caras pálidas unían el misterio, su delicadeza, su silencio, su belleza, atrapaban al niño entre sus brazos. Inmóvil esperó, y esperó. Parecía que ya no se movían, que nada lo hacía. El tiempo parecía detenido en ese instante en el que el niño asustado, esperaba ver la manada de espíritus arrasar delante de él. Nada ocurría. Los murmullos habían cesado.  De pronto vio en su retina una gran mancha blanca y cuando recuperó algo de visión, un hombre corría detrás de él y el grupo de paseantes del río seguían, a lo lejos, el curso de la corriente recién nacida.  
Se quedó unos minutos más, intentando recordar esos minutos pasados.
Escondiendo los vasos, botellas y colillas, mareado como un demonio y vomitando en cada árbol descuidado, regresó a la única bombilla encendida del pueblo.
 Subió a su casa y en la terraza, jugó como siempre, con el cochecito de madera, a esquivar la mierda. 

domingo, 26 de agosto de 2012

Poc a poc aprendió


Cuando el pelo rodea temeroso el desierto y el oso parte caminando, como abrazando, cuando el color de la playa se disimula con las dunas, ahí, en ese momento, existió el cercano presentimiento a la felicidad, con tus ojos predispuestos a un beso, mis dedos fumando cuando el antojo lo requería y la confianza regalándome la foto desde arriba. Abrió la caja de música verde por fuera, verde por dentro, tabaco, papel y las ganas de desaparecer tras el viento que acostaba la arena sobre sus píes. Debía llenar el vacío de no poder hablar cuando quería, merecía narrar las mareas, el tiempo y las nubes al mundo entero que con atención acallaría y alabaría su hermoso acento parlanchín, la Alhambra y su puta madre. 
Mirando al cielo, el roer del cono sonaba distinto, los pulmones ya arrugados atrapaban mosquitos en sus telarañas, Dios miraba para abajo, curioso, y tus ojos se ponían viscos asombrados, inestables. Fue un segundo, no más, se miró en el reflejo de un grano verdoso, resto de botella, basura artística, y vio oscura la sonrisa que como El Bosco se pintaba insolente, desfilando las manchas de nicotina sobre esqueletos vivientes. La arena subía por su pierna, estaban ya nevados sus pelos. 
Miraba al mar con el rumor de la lamparita a su lado, la pequeña música del escape de gas susurrando, proporcionándole calor y la porción de luz para cada papel, lechuga y tabaco. La luna apuntaba con su dedo al rincón solitario, donde estaba él, que se había quedado solo, él, que acompañado estaba y que de pronto, como la nada, repentina y cruel, se quedó solo, él, que vivió ese día con sobredosis de cariño, de pasión, de belleza... Aprendió a respirar, poco a poco, atragantándose con el yodo del mar. Luego, con los ojos llorosos, se arriesgó a mirararlo como la primera vez, con sorpresa, como Marianela siendo descubierta fea. Aprendió a sentir la arena fresca y sus suaves caricias como un beso que conserva calor eterno. Sintió su cuerpo ser y nada más, sintió la emoción de la novicia expulsada. Aceptó la soledad a regañadientes, pero la aceptó. La arena lo arropaba ya en la noche fresca. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

Yo es que no sé...


Yo no sé si estás loca o si soy demasiado optimista o nihilista o un imbécil más. Me cuesta entender algo, tiro por lo de imbécil pues. Aunque no todo es malo… te lo juro. Ya sé que grito mucho, que soy ruidoso, alguna vez “flatulo”, que me pedo vamos… Y no solo eso, a veces no siento, pero tampoco padezco, lloro por dentro tantas veces y un par sólo sabiendo de las causas. Pago mis males con otros, abuso cuando puedo, sin querer maltrato, hablo mucho, me muevo mucho, me río demasiado, parezco retrasado con algunas bromas, así como Ignatius. Bebo demasiado, fumo otro tanto, me despierto con cara de perro, no me depilo y soy un poco peludo, tengo un diente de palo, soy poco musculoso y no tan atractivo como esperas.
Pero también sé decir te quiero, en un par de idiomas y con el corazón en la mano, sé darlo todo y dar un poco,  sé abrazar a un amigo cuando le hace falta y cuando no también, sé reírme de tu risa, sé viajar kilómetros para ver tu cara de loca, sé besar, sé quererte como un bobo, sé elegir bonitos regalos y hacer que los que son penosos parezcan un poco menos malos, sé estar en contra de pelear dándote besos apasionados, sé ser guapo cuando se me requiere y también que mi fealdad parezca un trámite a nosotros. Sé que la fidelidad no es lo mío, pero también que contigo no es lo mismo. Sé llorar por no tenerte pero también sé levantarme una y otra vez, sé dejarme regañar, sé pedir perdón, sé cantarte suave con cuatro acordes. Me despierto con cara de perro, pero sonrío siempre al pensarte. Me gusta viajar y me gusta tomar mate. Me gustas tú, pero mi mundo no se acaba ahí. Sé perder en el amor y no en baloncesto, sé que algún prototipo me puede ganar sin tan siquiera luchar. Y si, sé ser serio, pero necesito a alguien para serlo, sino no me renta. No sé... 

lunes, 23 de julio de 2012

Jaimito el "bueno"


Eran las 6 cercanas a las 7, la hora sexi del día,  cuando la luz agrada a las gentes, remueve arrugas, adelgaza nalgas, estriñe pechos y le da ese aire de rey de España, pinta su barba de rubia, y refleja de rayos rosas sus ojos verdes. Lo sabía, y aprovechaba  cada momento de estos fantásticos minutos mirando cual perro que no ladra los sexos madrileños. Estos eran puro placer, placer revocable e infinito, placer de muecas, de gemidos, de curvas, de la suavidad de una caricia, de pieles rebosantes de sol acomodado, de la incapacidad de volver a verlas. Alguna cayó, seguro.
Una vez despachada, rugió el ego aplastado. Se miró al espejo y con la erección mantenida corrió a lo largo del apartamento ruidoso tocando el techo con las palmas y creyéndose por fin digno de este mundo.  Esto se repetía con cada conquista, con cada paja vespertina, cada imagen podrida de sudores y rencores apagados con la fuerza de una cadera que iba a hacer daño,  de compostura perdida.
Salió y sin dejar de mirarlas tomó asiento cerca de la salida del tren. Justo en frente, a su derecha, posada contra el crista,l se regocijaba de su belleza y mojaba sus labios con gotitas minúsculas de perlas de su boca, una joven. Sus ojos claros rivalizaban con el moreno de su piel, sus manos, dignas de un héroe, parecían provocar en él sus mayores deseos, su ansia de querer, su padre de familia, su corazoncito encogido de tanta bestialidad.
Esta lo miró y como dado por hecho este rechazó la mirada con un movimiento nervioso y miedoso hacia su ventana. Nada era cierto, no podía  osar mirarla, pensar en hablarle, soñar con besarla, rogar por tocar la uña que la une con el mundo, su mundo.
Quería ser otra vez el mismo, pegarle con cada palabra y enamorar sus sucios pensamientos enlazándolos con los suyos propios.
Se levantó, se fue. Con una miradita castigo su falta de valor y siguió paseando su figura por el andén despavorido de tal belleza.
Se sentó a su lado otra chica, pasable, de caderas un tanto pasadas y con cara de muchas camas pese a su evidente inocencia. Chica de poco valor para decir que no, acomplejado ángel moderno con una madre que ruega a dios por la seguridad de los condones. Con tres bromas y dos miradas se la llevó al baño del tren y pagó el error crucificándola contra el váter y huyendo al acabar. Se bajó en la siguiente estación y esperó, regocijándose de su venganza, el próximo tren.
A la media hora, camisa abotonada hasta arriba, peinado cual señorito, bendijo la mesa rectangular poblada por su enorme y fina familia. Los niños lo besaban y jugueteaban con su pariente. El “bueno” para los más mayores, el “mejor” para los más pequeños. Así era. Ni gota salía por su boca. Amén dijeron todos. 

sábado, 16 de junio de 2012

Weary


Soy tu deuda se escuchó a lo lejos. Polvo revoloteando por un paisaje amargo, plantas secas, pero bien vivas, voces roncas cantando en un desierto de almas. El sol bien arriba acompañaba las tristes notas de la armónica, componiendo, a su vez, una hilera de quejidos y berrinches de niños insolados y sudorosos. El tiempo pasaba sin un límite concreto, sin un fin preciso, pero aquí todos sabían que pasaba y eso bastaba. El polvo seguiría acompañando la tediosa música y al sol en sus labores como pegamento, como la cola que une el triste mundo de este pobre desierto.
Soy tu deuda. Y qué bonito sonó, como resonó en la retina del que escuchaba y del que lo profería. La boca seca de pronto parecía respirar y recordar que aliviar sus llagas era posible con deslizar suavemente la lengua primero arriba, después abajo, para terminar escondiendo ambos labios entre los dientes. El corazón cansado del hombre parecía rechinar de alegría, parecía olvidar que algún día sus frases debían acompañar cierta acción, debían mantener una promesa forjada por la hermosura de la forma, por el calor de sus miradas y por el sacrificio ya cometido. No importaba, habría tiempo para pensar, este era tiempo de vivir y creérselo, para olvidar siempre recordando.
Caminaron juntos por un tiempo y se separaron con miradas esquivas y con la seguridad de volver a verse, la seguridad de cobrar una deuda. Uno por la izquierda, el otro siguió recto y así siguieron dos caminos, dos andanzas y parajes diferentes.

Ya casi de noche, cuando el desierto se tiñe de reflejos oxidados y los animales salen de sus guaridas para buscarse mutuamente, llegó al pueblo ya dormido. Sacó un cigarro de su pantalón, entre dos dedos se lo prendió y con los ojos cerrados siguió el camino que tantas veces había hecho. Ebrio de emoción, recorrió una a una las casas que lo vieron crecer, que lo vieron tantas veces regresar y partir, a veces borracho de vino, a veces borracho del camino, pero siempre siguiendo uno. Esta vez no era diferente, o si, pero el todavía no sabía porque, bueno, ni yo tampoco, pero la historia nos ira desvelando algunos secretos que buscan a ser descubiertos entre esas casas, entre ese cigarro y el siguiente, entre mi cigarro y el siguiente.
Agachando la cabeza se empezó a fijar en sus pasos, pasos tranquilos y rectos que parecían querer decirle algo y que apuntaban siempre hacia adelante con gran precisión. Las botas se arrastraban entre la arena dejando un rastro inequívoco de cansancio, de dulce y desgraciada llegada al pueblo fantasma que es y fue su hogar. Se sentó en el porche, ya las estrellas brillaban perezosas en el cielo, ya nadie quedaba para recibirlo y por eso le dedicó a esos últimos momentos un último cigarro. Mordió el filtro delicadamente y prendió un ruidoso fósforo que cumplió y se esfumó al tiempo que el primer tiro del cigarro le traspaso a otro lugar. Las voces seguían graves y sentenciadas, las bocas seguían secas, los amigos seguían escasos y los caballos muertos. Ya estaba ahí la luna, pidiendo permiso para unirse a la orgía que se preparaba. Las mismas casas aparecían en la imagen pero en tiempos diferentes, eran tiempos de muerte. Las luciérnagas brillaban y birlaban a las farolas extintas el protagonismo de alumbrar la imagen. Los hombres escondidos decidían los pasos a seguir y lo hacían rápido. Penetraron fuerte y precisamente, atacando los puntos clave, matando a unos, a unas y otros ciertos. Pocos resolvieron a herirlos, la brutalidad del ataque había eliminado toda capacidad de reacción. Eran seis o siete, armados con simple odio y rencor, y unas cuantas pistolas y escopetas.

Una vieja guitarra sonaba, nos recordaba que el pueblo no dormía, que el pueblo estaba muerto. Con animada pasión nos contaba la historia de los bandidos que acabaron con la vida. La voz recordaba aquella promesa, nos recordaba la belleza de esa garganta que un día había intentado olvidar su vida endeudándose con un extranjero. El polvo del desierto corría ya en forma de lágrima y traspasaba las agrietadas arrugas de su cara. El sendero fue una y otra vez utilizado por las lágrimas que todavía no se habían despegado de la barbilla. El ego se sintió entonces aludido por aquella matanza, su ser se estremeció y se sintió por primera vez atacado por aquellos asesinos de pueblos, su corazón se agarrotó y vio sus músculos contraerse en forma de rabia. Rabia cansada eso sí. Rabia controlada por horas de camino y por años de olvido tajante y discreto. Vio todo más claro y decidió apagar el cigarro para dejarme a mí fumar el mío y quizás desvelar, entre el humo y la ceniza, algún secreto más.
De momento sabemos que la guitarra cesó y el solitario hombre entro en su tiroteada y abandonada casa a reposar sus músculos deseosos de venganza. La venganza, ahí está el secreto de esas voces temidas. El sentimiento renacido y noble que intentó apagar con luchas y alcohol, con cigarros y guitarras y armónicas y noches en vela. La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta de su cuarto y permitía a miradas, las nuestras, conocer un poco al hombre que gritó aquella frase. Cubierto por una ligera sabana, yacía en la cama desecha y olvidada, apestosa y combinada con el resto de muebles antiguos y vacios, rotos y lejanos. Avanzaban entre la penumbra algunas alimañas que, sin ruido, masticaban lo que por ahí quedaba. Robert H. Wiltrow, que así se llamaba, siguió durmiendo, siguió cansándose para despertar agotado la mañana siguiente.

El día se fue despertando poco a poco, sin prisas, como quien sabe lo inevitable pero que aún así se esfuerza por alcanzarlo. Los rayos de sol teñían ya las casas, oscureciendo la madera y pintando de naranja las casas blancas, ocultando el abandono del pueblo, Weary o The Weary, nadie nunca lo supo. El viento empezaba a calentar y a levantar el sudoroso polvo que se seguiría acumulando en las fachadas de la vieja calle y que llegaría hasta Robert para susurrarle algunas palabras en sueños, palabras que lo animarían a emprender el día. Solo, se despertó y se dirigió hasta la cocina donde un austero desayuno lo esperaba. Un poco de pan reseco, un poco de agua para aguarlo y unas cuantas alubias hervidas era todo lo que en su casa quedaba. Tras ingerir, desganado, el desayuno, zarpó desierto adentro sin la voluntad de volver al pueblo sin antes encontrar a sus asesinos, sin antes luchar, morir por intentarlo, por vengar su niñez, su presente y el que hubiese sido su futuro.
El calor ya era un problema cuando dio los primeros, o los últimos, pasos fuera de su casa, cuando sus botas, descansadas, soltaron el amarre y empezaron a navegar por el desierto madrugador y a escapar de las olas de calor. Robert llevaba un traje sucio, muy sucio, los pantalones recuperados una y otra vez de sus numerosas rozaduras y caídas. Rondaría los 30 años pero bien podían ser más. La venganza lo fue motivando a seguir su viaje bajo el intenso calor, lo arrastró metro a metro entre los cactus y buitres que poblaban la temida extensión. Caminaba y caminaba y el horizonte parecía inmune a su esfuerzo. Fue cruzando el mismo paisaje paso a paso, suspiro a suspiro, impaciente, ansioso, malhumorado, cegado por la venganza.
Cuando el sudor se retiró ya exhausto y dejó paso a manchas blancas y secas en su piel, pudo divisar a lo lejos unas anomalías en el terreno y reconocer un pueblo, desconocido hasta entonces. Cosa que no dejó de asombrarle porque desde temprana edad siempre cultivó con mucha dedicación todos los rincones del desierto. Siguió firme hasta su destino, con su desinterés habitual, con su desidia, si se me permite la palabra. La horrible sequedad de su boca no le impidió sacarse un cigarro del atado y prendérselo, dejando paso al fuego de su garganta y un sabor a mañana de cigarros en la lengua.
Los montículos de cemento y madera fueron tomando forma entre el humo del cigarro y definiéndose tras el humo del mío. Una torre separaba dos grandes estructuras que a su vez eran rodeadas por pequeñas casas y grandes parcelas. La torre parecía de alguna iglesia improvisada tras largas conquistas, una de tantas (iglesias y conquistas). Mientras se acercaba al pueblo recordó la última vez que entró a uno de esos templos. Su fe no había sido interrogada aún por el castigador. Y camino un poco, y otro más.

“Bienvenidos” ponía en  un cartel en la entrada, estaba posiblemente en inglés, o puede que fuese francés o quién sabe, o a quién le importa. El caso es que le dieron paso, invitaron al gran Bob a entrar a este pequeño oasis de poca gente, a este oasis arenoso de campanarios y pequeñas bodegas y caballos estacionados frente a salones violentos o no, no lo sé. Bajó su sombrero, y encima de su cigarro brillaban dos ojos marrones, oscuros, muy oscuros, casi negros. Entrecerrados por el calor y la larga marcha, seguros de sí mismos, aparecían en la escena por primera vez, recios de dolor, pidiendo despertar, revivir esos tiempos de amigos e historias. Ya no había nada tras ellos, sus nervios estaban desviados a otras terminales, los sentimientos muertos no los dejaban expresarse ni sentirse. Y así fueron adentrándose y evaluando los diferentes rincones y a todo aquél que por ahí deambulaba. Entro a una tienda, compró algo de comer y preguntó por donde quedaba la cuidad de los bandidos. El viejo señor mostachoso le respondió que con el tren de las dos de la tarde no tardaría más que un par de horas en llegar, era la última parada de esa ruta. Ahí empezó la típica historia de espera, paseó por el pequeño pueblo y examinó hasta el último rincón de las casas que allí había. Nada extraordinario, un pueblo de la época, con gente de la época que se esforzaba por huir del calor de la época. Parecía que todos en el pueblo lo observaban escondidos tras las persianas ruinosas y polvorientas de las casas y del bar. Desconfiaban del nuevo y presentían, quizás, la venganza de su propósito, de sus ojos, pero desconocían a quien le era dirigida. Así pasaron las horas de calles vacías y visiones fantásticas, hasta que se oyó, a lo lejos, el tren que se acercaba. Lentamente y ocultando la alegría del final de su estancia, Robert se fue acercando a la estación. Esta estaba compuesta por una casita en donde se podía comprar el billete y por unos asientos alejados de unos diez metros de la única vía que daba cobijo al tren.

Humeante y ruidoso se acercó el enorme y majestuoso tren que parecía querer despertar al pueblo con sus melódicas advertencias. Se posó milimétricamente al final de la vía y los cuatro empleados uniformados se bajaron y se dirigieron a la casita mientras otros dos salían de esta y se disponían a preparar el siguiente viaje. Tras unos quince minutos de espera el relevo volvió a efectuarse y ya los pasajeros podían esmerarse en entrar a los vagones desiertos. En ese momento empezó a llegar gente a la estación, más de la que había visto en todo el pueblo y posiblemente en los últimos meses juntos (o incluso más). Como bestias empezaron a entrar, empujándose desconsideradamente, personas mayores, jóvenes, negros, blancos, ricos y pobres, todos se empeñaban en entrar primero y elegir el mejor sitio, con sus conocidos, en la ventana, cerca de la puerta para salir primero… todo valía para dictar sus respectivas voluntades. Bob, que era anticuado y rudo, pero educado, pasó el último y no le quedaron sino las sobras, los peores asientos del tren, es decir todos mirando hacia atrás, los más sucios, y al lado o demasiado cerca de algún mendigo maloliente o vómitos resecos. Miraba uno a uno los pasajeros del maleducado tren. El primero que le llamó la atención fue un negro grande como dos cactus que parecía hablar mientras dormía y olvidaba la borrachera que arrastraba enérgicamente desde hacía tres días. De vez en cuando gritaba algún descalificativo a la prole que esquivaba sus miradas, insultaba fuertemente a las personas declarando su ira y desconcierto. Pocos dientes le quedaban y sus negras encías recordaban la miseria del señalado. Mientras tanto un grupo de ocho o nueve jóvenes, que entre risas y gritos parecían rivalizar con el borracho, esperaron a que el tren diese sus primeros pasos para atacar, violenta y desprevenidamente, a una pareja de extranjeros. Entre patadas e insultos lograron aplastarlos contra el suelo y herirlos ante el desconcierto de unos, el disimulo de otros y la parálisis por desinterés de Bob. “Esta no es mi guerra” pensó desviando la mirada a un grupo de señoras que entre miedo, precaución e hipocresía se miraban gesticulando cuidadosamente para no ser vistas por los delincuentes pero si por el resto del tren. Estaban bien vestidas, su estatus social parecía ser exhibido por sus maneras y por el sitio que ocupaban en el tren. Todas juntas, en el medio y con sus maletitas bien colocadas a su lado. Pero entonces algo desconcertó al tranquilo Bob, el tren parecía ir al revés, parecía haber partido en sentido contrario, por donde no había vías. Al tiempo que los pequeños malhechores eran reprendidos cuidadosamente por un grupo de señores y desalojaban el vagón, los pantalones ensangrentados por la brutal paliza, nuestro personaje sacó la cabeza por la ventana y vio que en realidad si había raíles. Hasta yo juraría que hace unos minutos solo el desierto colmaba su vista.
Receloso volvió a su vagón y a sus personajes. Parecían ladrones, desgraciados, vagabundos, escuálidos, egocéntricos y excéntricos. Ninguno parecía viajar con él, ninguno compartía su pasión, ninguno comprendía el delirio  de su propósito ni su romanticismo. Tan repentinamente como sintió la ofensa causada, sintió a su vez el amor perdido en aquella guerra desigual, empezó a ver su pueblo en su conciencia y en su corazón. El dolor, exhausto, empezó a propagarse por sus órganos y extremidades, empezó a chupar los años de olvido e indiferencia y a engordar como un enorme y fatal tumor. Sus ojos nublados le plantaron las manos en la cara e impidieron transmitir el dolor al aire y al sol que bronceaba su brazo derecho. Las dos únicas lágrimas que salieron, una en cada ojo, lograron humedecer las raspadas manos y tatuarles dos rayas oscuras entre el blancor de sus grietas. Disimulando miró rápido hacia la ventana, el paisaje seguía en su línea, pero los colores le fueron mostrando una inusual belleza, un toque de cariño y amor fueron resaltando la hermosura del horizonte y sus habitantes. Una sonrisa alegró su alma. Su cara había perdido arrugas y sudores, mostraba la belleza oculta. Su corazón pedía aire, rogaba por deshacerse del inútil cuerpo y emprender un magnífico vuelo hacia ese verde marchito, ese amarillo respondón y ese azul embriagador que sin una nube, cubrió la dulce vida de esos ojos.
Ya no quedaba nada ni nadie en el frívolo vagón, la gente había desaparecido, las riñas y la violencia ya no viajaban rumbo a ese destino incierto. Inocentemente pensó que había pasado demasiado tiempo con el exterior y había olvidado el sucio interior. El tren parecía frenarse de momentos y retomaba la ruta con agudos estrépitos de las vías rozando con el circular metal. Hasta que por fin se detuvo por completo y se oyó una voz que proclamaba el final del trayecto. Sacando un cigarro retomó su seria postura y bajó del tren sin saber ni dónde ni cómo había llegado a este pueblo. Su desconcierto se vio inflado al mirar el tren. Solo quedaba su vagón y ni siquiera parecía al de horas atrás. No hubo preguntas ni sospechas fundadas, mientras el sol, él, empezaba a cansarse y bajo tomando el camino más corto hacia la noche. Las luces brillaban un poco más lejos, entre remolinos de arena y estrellas bailarinas.

Se fue acercando poquito a poco, sin dejar de disfrutar el paisaje y su interminable belleza. Miraba embobado al cielo apocalíptico, la fusión entre el rosado que alumbraba las nubes del fondo, el azul clarito con toques blancos de un poco más arriba y observándolo todo, inmensamente arriba, el azul oscuro,  armado ya para la helada noche. Sus pasos no parecían los de antes, su vida parecía absorber un poquito de esos colores. Se quitó el sombrero y empezó a aprovechar el frescor de la noche naciente para lavarse del calor diurno. Nada parecía ya tan malo, la venganza parecía solo una excusa para poder viajar por aquellos parajes, visitar pueblos en los que después de la noche absurda, nazca un nuevo día. Parecía que ya nada de lo emprendido tenía sentido ante la belleza del momento y del pueblo que nacía tras los arbustos. La arena acolchada sopesaba sus pasos uno a uno. Estos, dejaban huellas enmarcadas por polvitos mareantes que flotaban creando una órbita en cada una. Llegó al pueblo y risas y palabras se fueron confundiendo con la bella luna que se había alzado bajo la dulce mirada de sus ojos inocentes. Entró por detrás, por la casa de los Richards. Seguían sus cerdos y sus gallinas en el corral, sus hijos jugaban como años atrás en la pequeña calle Canways. Las farolas alineadas bailaban al paso del caminante y alumbraban las miradas joviales que lo seguían gustosamente mientras saludaban. “¡Hey Bob! ¿Qué tal el día?” se podía escuchar, o también “Bob, hijo, dile a Isabelle que mañana la esperamos.”. Isabelle… su cuerpo se descompuso repentinamente y aulló a la inmensa esfera blanca pidiendo clemencia. Isabelle. Llevaba años sin escuchar su nombre, sin sentir su aureola alrededor del pecho, sin imaginar su ropa ni su pelo, ni tan siquiera esos pechos que fueron sus únicos pechos. Su pueblo había renacido y con el todos su habitantes y animales, sus recuerdos y sus paisajes. Bob aceleró, no escucho a nada ni a nadie mientras se dirigía, borrascoso, a su antigua casa. Ahí la esperaba ella, hermosa como siempre, con un vestido lila gastado y su pelo perfectamente despeinado. Su tronco imponente y delicado, sus claras imperfecciones resaltando la bondad de su adorable figura. Lo miraba, con una sonrisa entreabierta que dejaba paso a sus dientes y a su lengua suave al tacto de su lengua. Corrió y la abrazó con el resto de la fuerza que le quedaba. Empezó a llorar y a llorar sin dejar un segundo de mirarla y atragantarse con la saliva que explotaba de júbilo en su boca seca. Se sentó en el suelo, brusco y descompuesto bajo la mirada asustada de Isabelle que lo interrogaba angustiada. “¿Querido que te pasa? No llores, por favor, me estás asustando…” exclamó con lágrimas dulces y transparentes en los blancos pómulos. Su ternura viajaba a través del tiempo, el amor que les era propio los embarcó en un viaje a través del tiempo y del universo. El logró remar y remar hasta llegar hasta sus pies y besarlos y empaparlos del dolor de su cuerpo que brotaba como el humo de ese tren que lo trajo hasta acá.
Las dos rayas tatuadas en sus manos dejaron paso a una enorme mancha oscura que teñía de color su insulsa figura, las había humedecido y les había regalado una segunda y merecida juventud. Empezó a recordar los años de dejadez y tortura que lo habían convertido en lo que era, antes de volver a verla y recordarla, de regalarle las lágrimas y sufrimiento que merecía. Perdonándose se levantó titubeante, la miró a los ojos y le susurró tiernamente, con sufridas palabras directas de lo más profundo y remoto del alma humana, “Soy tu deuda. Soy tu deuda Isabelle.”.
 Entonces la abrazó de nuevo, tanto y tan fuerte que se esfumó engullida por su cuerpo y por su corazón hambriento. Todo lo que quedó fue polvo, un enorme y monstruoso polvo que lo rodeó cruel e implacable creándole un profundo dolor y dejándolo perdido en la nebulosa estepa.
Cuando logró escapar de la humareda, sintió el sol que lo azotaba en la cara ensangrentada. Le quemaba las feroces heridas y lo empujaba al suelo de donde no debía levantarse. El calor lo invadió de nuevo y las voces desalmadas lo cubrían de golpes y patadas brutales que lo acercaban un poquito más al final de la historia, al final de su historia, el final de Weary. Se calmó todo, y logró ver un rostro, un rostro familiar, podía ser ese hombre al que creía deberle algo, al que momentos atrás, prometió devolverle un favor. ¿Qué favor era ese? Ya no sabía si aquella conversación había sido real, si aquella fraternal alianza tuvo lugar, si aquella frase existió jamás. Aturdido no logró seguir pensando, ya su cabeza flotaba ajena a este mundo. El mismo rostro familiar se acercó a él y empuñando un revolver y apuntándolo directo a su ojo derecho le dijo, “Despídete Robert. ¿Tienes algo más que decir?”. Apurando el restante de su fuerza, lo miró a los ojos, sonriendo y con una voz sentida y sentenciada dijo: “Soy tu deuda.”
“Soy tu deuda”. Y los caminos no se separaron esta vez, ni sus andanzas siguieron paisajes ni parajes diferentes. Y por supuesto ya no existía la certeza de cobrarse una deuda. El polvo siguió su camino y el chispeante desierto siguió soportando la crueldad del sol, los niños siguieron llorando insolados y los animales guerreando por un día más. El tren seguiría despertando sueños oscuros, apaleando gente y ocultando verdades a gritos, los pueblos seguirían muriendo abandonados y los bandidos seguirían exterminando amores y desamores. Pero ya ni Weary ni Robert existían, quizás no existieron jamás, quizás este cuento no sea más que una invención mía, quizás solo fue el humo de mi cigarrillo, o del suyo.