sábado, 16 de junio de 2012

Weary


Soy tu deuda se escuchó a lo lejos. Polvo revoloteando por un paisaje amargo, plantas secas, pero bien vivas, voces roncas cantando en un desierto de almas. El sol bien arriba acompañaba las tristes notas de la armónica, componiendo, a su vez, una hilera de quejidos y berrinches de niños insolados y sudorosos. El tiempo pasaba sin un límite concreto, sin un fin preciso, pero aquí todos sabían que pasaba y eso bastaba. El polvo seguiría acompañando la tediosa música y al sol en sus labores como pegamento, como la cola que une el triste mundo de este pobre desierto.
Soy tu deuda. Y qué bonito sonó, como resonó en la retina del que escuchaba y del que lo profería. La boca seca de pronto parecía respirar y recordar que aliviar sus llagas era posible con deslizar suavemente la lengua primero arriba, después abajo, para terminar escondiendo ambos labios entre los dientes. El corazón cansado del hombre parecía rechinar de alegría, parecía olvidar que algún día sus frases debían acompañar cierta acción, debían mantener una promesa forjada por la hermosura de la forma, por el calor de sus miradas y por el sacrificio ya cometido. No importaba, habría tiempo para pensar, este era tiempo de vivir y creérselo, para olvidar siempre recordando.
Caminaron juntos por un tiempo y se separaron con miradas esquivas y con la seguridad de volver a verse, la seguridad de cobrar una deuda. Uno por la izquierda, el otro siguió recto y así siguieron dos caminos, dos andanzas y parajes diferentes.

Ya casi de noche, cuando el desierto se tiñe de reflejos oxidados y los animales salen de sus guaridas para buscarse mutuamente, llegó al pueblo ya dormido. Sacó un cigarro de su pantalón, entre dos dedos se lo prendió y con los ojos cerrados siguió el camino que tantas veces había hecho. Ebrio de emoción, recorrió una a una las casas que lo vieron crecer, que lo vieron tantas veces regresar y partir, a veces borracho de vino, a veces borracho del camino, pero siempre siguiendo uno. Esta vez no era diferente, o si, pero el todavía no sabía porque, bueno, ni yo tampoco, pero la historia nos ira desvelando algunos secretos que buscan a ser descubiertos entre esas casas, entre ese cigarro y el siguiente, entre mi cigarro y el siguiente.
Agachando la cabeza se empezó a fijar en sus pasos, pasos tranquilos y rectos que parecían querer decirle algo y que apuntaban siempre hacia adelante con gran precisión. Las botas se arrastraban entre la arena dejando un rastro inequívoco de cansancio, de dulce y desgraciada llegada al pueblo fantasma que es y fue su hogar. Se sentó en el porche, ya las estrellas brillaban perezosas en el cielo, ya nadie quedaba para recibirlo y por eso le dedicó a esos últimos momentos un último cigarro. Mordió el filtro delicadamente y prendió un ruidoso fósforo que cumplió y se esfumó al tiempo que el primer tiro del cigarro le traspaso a otro lugar. Las voces seguían graves y sentenciadas, las bocas seguían secas, los amigos seguían escasos y los caballos muertos. Ya estaba ahí la luna, pidiendo permiso para unirse a la orgía que se preparaba. Las mismas casas aparecían en la imagen pero en tiempos diferentes, eran tiempos de muerte. Las luciérnagas brillaban y birlaban a las farolas extintas el protagonismo de alumbrar la imagen. Los hombres escondidos decidían los pasos a seguir y lo hacían rápido. Penetraron fuerte y precisamente, atacando los puntos clave, matando a unos, a unas y otros ciertos. Pocos resolvieron a herirlos, la brutalidad del ataque había eliminado toda capacidad de reacción. Eran seis o siete, armados con simple odio y rencor, y unas cuantas pistolas y escopetas.

Una vieja guitarra sonaba, nos recordaba que el pueblo no dormía, que el pueblo estaba muerto. Con animada pasión nos contaba la historia de los bandidos que acabaron con la vida. La voz recordaba aquella promesa, nos recordaba la belleza de esa garganta que un día había intentado olvidar su vida endeudándose con un extranjero. El polvo del desierto corría ya en forma de lágrima y traspasaba las agrietadas arrugas de su cara. El sendero fue una y otra vez utilizado por las lágrimas que todavía no se habían despegado de la barbilla. El ego se sintió entonces aludido por aquella matanza, su ser se estremeció y se sintió por primera vez atacado por aquellos asesinos de pueblos, su corazón se agarrotó y vio sus músculos contraerse en forma de rabia. Rabia cansada eso sí. Rabia controlada por horas de camino y por años de olvido tajante y discreto. Vio todo más claro y decidió apagar el cigarro para dejarme a mí fumar el mío y quizás desvelar, entre el humo y la ceniza, algún secreto más.
De momento sabemos que la guitarra cesó y el solitario hombre entro en su tiroteada y abandonada casa a reposar sus músculos deseosos de venganza. La venganza, ahí está el secreto de esas voces temidas. El sentimiento renacido y noble que intentó apagar con luchas y alcohol, con cigarros y guitarras y armónicas y noches en vela. La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta de su cuarto y permitía a miradas, las nuestras, conocer un poco al hombre que gritó aquella frase. Cubierto por una ligera sabana, yacía en la cama desecha y olvidada, apestosa y combinada con el resto de muebles antiguos y vacios, rotos y lejanos. Avanzaban entre la penumbra algunas alimañas que, sin ruido, masticaban lo que por ahí quedaba. Robert H. Wiltrow, que así se llamaba, siguió durmiendo, siguió cansándose para despertar agotado la mañana siguiente.

El día se fue despertando poco a poco, sin prisas, como quien sabe lo inevitable pero que aún así se esfuerza por alcanzarlo. Los rayos de sol teñían ya las casas, oscureciendo la madera y pintando de naranja las casas blancas, ocultando el abandono del pueblo, Weary o The Weary, nadie nunca lo supo. El viento empezaba a calentar y a levantar el sudoroso polvo que se seguiría acumulando en las fachadas de la vieja calle y que llegaría hasta Robert para susurrarle algunas palabras en sueños, palabras que lo animarían a emprender el día. Solo, se despertó y se dirigió hasta la cocina donde un austero desayuno lo esperaba. Un poco de pan reseco, un poco de agua para aguarlo y unas cuantas alubias hervidas era todo lo que en su casa quedaba. Tras ingerir, desganado, el desayuno, zarpó desierto adentro sin la voluntad de volver al pueblo sin antes encontrar a sus asesinos, sin antes luchar, morir por intentarlo, por vengar su niñez, su presente y el que hubiese sido su futuro.
El calor ya era un problema cuando dio los primeros, o los últimos, pasos fuera de su casa, cuando sus botas, descansadas, soltaron el amarre y empezaron a navegar por el desierto madrugador y a escapar de las olas de calor. Robert llevaba un traje sucio, muy sucio, los pantalones recuperados una y otra vez de sus numerosas rozaduras y caídas. Rondaría los 30 años pero bien podían ser más. La venganza lo fue motivando a seguir su viaje bajo el intenso calor, lo arrastró metro a metro entre los cactus y buitres que poblaban la temida extensión. Caminaba y caminaba y el horizonte parecía inmune a su esfuerzo. Fue cruzando el mismo paisaje paso a paso, suspiro a suspiro, impaciente, ansioso, malhumorado, cegado por la venganza.
Cuando el sudor se retiró ya exhausto y dejó paso a manchas blancas y secas en su piel, pudo divisar a lo lejos unas anomalías en el terreno y reconocer un pueblo, desconocido hasta entonces. Cosa que no dejó de asombrarle porque desde temprana edad siempre cultivó con mucha dedicación todos los rincones del desierto. Siguió firme hasta su destino, con su desinterés habitual, con su desidia, si se me permite la palabra. La horrible sequedad de su boca no le impidió sacarse un cigarro del atado y prendérselo, dejando paso al fuego de su garganta y un sabor a mañana de cigarros en la lengua.
Los montículos de cemento y madera fueron tomando forma entre el humo del cigarro y definiéndose tras el humo del mío. Una torre separaba dos grandes estructuras que a su vez eran rodeadas por pequeñas casas y grandes parcelas. La torre parecía de alguna iglesia improvisada tras largas conquistas, una de tantas (iglesias y conquistas). Mientras se acercaba al pueblo recordó la última vez que entró a uno de esos templos. Su fe no había sido interrogada aún por el castigador. Y camino un poco, y otro más.

“Bienvenidos” ponía en  un cartel en la entrada, estaba posiblemente en inglés, o puede que fuese francés o quién sabe, o a quién le importa. El caso es que le dieron paso, invitaron al gran Bob a entrar a este pequeño oasis de poca gente, a este oasis arenoso de campanarios y pequeñas bodegas y caballos estacionados frente a salones violentos o no, no lo sé. Bajó su sombrero, y encima de su cigarro brillaban dos ojos marrones, oscuros, muy oscuros, casi negros. Entrecerrados por el calor y la larga marcha, seguros de sí mismos, aparecían en la escena por primera vez, recios de dolor, pidiendo despertar, revivir esos tiempos de amigos e historias. Ya no había nada tras ellos, sus nervios estaban desviados a otras terminales, los sentimientos muertos no los dejaban expresarse ni sentirse. Y así fueron adentrándose y evaluando los diferentes rincones y a todo aquél que por ahí deambulaba. Entro a una tienda, compró algo de comer y preguntó por donde quedaba la cuidad de los bandidos. El viejo señor mostachoso le respondió que con el tren de las dos de la tarde no tardaría más que un par de horas en llegar, era la última parada de esa ruta. Ahí empezó la típica historia de espera, paseó por el pequeño pueblo y examinó hasta el último rincón de las casas que allí había. Nada extraordinario, un pueblo de la época, con gente de la época que se esforzaba por huir del calor de la época. Parecía que todos en el pueblo lo observaban escondidos tras las persianas ruinosas y polvorientas de las casas y del bar. Desconfiaban del nuevo y presentían, quizás, la venganza de su propósito, de sus ojos, pero desconocían a quien le era dirigida. Así pasaron las horas de calles vacías y visiones fantásticas, hasta que se oyó, a lo lejos, el tren que se acercaba. Lentamente y ocultando la alegría del final de su estancia, Robert se fue acercando a la estación. Esta estaba compuesta por una casita en donde se podía comprar el billete y por unos asientos alejados de unos diez metros de la única vía que daba cobijo al tren.

Humeante y ruidoso se acercó el enorme y majestuoso tren que parecía querer despertar al pueblo con sus melódicas advertencias. Se posó milimétricamente al final de la vía y los cuatro empleados uniformados se bajaron y se dirigieron a la casita mientras otros dos salían de esta y se disponían a preparar el siguiente viaje. Tras unos quince minutos de espera el relevo volvió a efectuarse y ya los pasajeros podían esmerarse en entrar a los vagones desiertos. En ese momento empezó a llegar gente a la estación, más de la que había visto en todo el pueblo y posiblemente en los últimos meses juntos (o incluso más). Como bestias empezaron a entrar, empujándose desconsideradamente, personas mayores, jóvenes, negros, blancos, ricos y pobres, todos se empeñaban en entrar primero y elegir el mejor sitio, con sus conocidos, en la ventana, cerca de la puerta para salir primero… todo valía para dictar sus respectivas voluntades. Bob, que era anticuado y rudo, pero educado, pasó el último y no le quedaron sino las sobras, los peores asientos del tren, es decir todos mirando hacia atrás, los más sucios, y al lado o demasiado cerca de algún mendigo maloliente o vómitos resecos. Miraba uno a uno los pasajeros del maleducado tren. El primero que le llamó la atención fue un negro grande como dos cactus que parecía hablar mientras dormía y olvidaba la borrachera que arrastraba enérgicamente desde hacía tres días. De vez en cuando gritaba algún descalificativo a la prole que esquivaba sus miradas, insultaba fuertemente a las personas declarando su ira y desconcierto. Pocos dientes le quedaban y sus negras encías recordaban la miseria del señalado. Mientras tanto un grupo de ocho o nueve jóvenes, que entre risas y gritos parecían rivalizar con el borracho, esperaron a que el tren diese sus primeros pasos para atacar, violenta y desprevenidamente, a una pareja de extranjeros. Entre patadas e insultos lograron aplastarlos contra el suelo y herirlos ante el desconcierto de unos, el disimulo de otros y la parálisis por desinterés de Bob. “Esta no es mi guerra” pensó desviando la mirada a un grupo de señoras que entre miedo, precaución e hipocresía se miraban gesticulando cuidadosamente para no ser vistas por los delincuentes pero si por el resto del tren. Estaban bien vestidas, su estatus social parecía ser exhibido por sus maneras y por el sitio que ocupaban en el tren. Todas juntas, en el medio y con sus maletitas bien colocadas a su lado. Pero entonces algo desconcertó al tranquilo Bob, el tren parecía ir al revés, parecía haber partido en sentido contrario, por donde no había vías. Al tiempo que los pequeños malhechores eran reprendidos cuidadosamente por un grupo de señores y desalojaban el vagón, los pantalones ensangrentados por la brutal paliza, nuestro personaje sacó la cabeza por la ventana y vio que en realidad si había raíles. Hasta yo juraría que hace unos minutos solo el desierto colmaba su vista.
Receloso volvió a su vagón y a sus personajes. Parecían ladrones, desgraciados, vagabundos, escuálidos, egocéntricos y excéntricos. Ninguno parecía viajar con él, ninguno compartía su pasión, ninguno comprendía el delirio  de su propósito ni su romanticismo. Tan repentinamente como sintió la ofensa causada, sintió a su vez el amor perdido en aquella guerra desigual, empezó a ver su pueblo en su conciencia y en su corazón. El dolor, exhausto, empezó a propagarse por sus órganos y extremidades, empezó a chupar los años de olvido e indiferencia y a engordar como un enorme y fatal tumor. Sus ojos nublados le plantaron las manos en la cara e impidieron transmitir el dolor al aire y al sol que bronceaba su brazo derecho. Las dos únicas lágrimas que salieron, una en cada ojo, lograron humedecer las raspadas manos y tatuarles dos rayas oscuras entre el blancor de sus grietas. Disimulando miró rápido hacia la ventana, el paisaje seguía en su línea, pero los colores le fueron mostrando una inusual belleza, un toque de cariño y amor fueron resaltando la hermosura del horizonte y sus habitantes. Una sonrisa alegró su alma. Su cara había perdido arrugas y sudores, mostraba la belleza oculta. Su corazón pedía aire, rogaba por deshacerse del inútil cuerpo y emprender un magnífico vuelo hacia ese verde marchito, ese amarillo respondón y ese azul embriagador que sin una nube, cubrió la dulce vida de esos ojos.
Ya no quedaba nada ni nadie en el frívolo vagón, la gente había desaparecido, las riñas y la violencia ya no viajaban rumbo a ese destino incierto. Inocentemente pensó que había pasado demasiado tiempo con el exterior y había olvidado el sucio interior. El tren parecía frenarse de momentos y retomaba la ruta con agudos estrépitos de las vías rozando con el circular metal. Hasta que por fin se detuvo por completo y se oyó una voz que proclamaba el final del trayecto. Sacando un cigarro retomó su seria postura y bajó del tren sin saber ni dónde ni cómo había llegado a este pueblo. Su desconcierto se vio inflado al mirar el tren. Solo quedaba su vagón y ni siquiera parecía al de horas atrás. No hubo preguntas ni sospechas fundadas, mientras el sol, él, empezaba a cansarse y bajo tomando el camino más corto hacia la noche. Las luces brillaban un poco más lejos, entre remolinos de arena y estrellas bailarinas.

Se fue acercando poquito a poco, sin dejar de disfrutar el paisaje y su interminable belleza. Miraba embobado al cielo apocalíptico, la fusión entre el rosado que alumbraba las nubes del fondo, el azul clarito con toques blancos de un poco más arriba y observándolo todo, inmensamente arriba, el azul oscuro,  armado ya para la helada noche. Sus pasos no parecían los de antes, su vida parecía absorber un poquito de esos colores. Se quitó el sombrero y empezó a aprovechar el frescor de la noche naciente para lavarse del calor diurno. Nada parecía ya tan malo, la venganza parecía solo una excusa para poder viajar por aquellos parajes, visitar pueblos en los que después de la noche absurda, nazca un nuevo día. Parecía que ya nada de lo emprendido tenía sentido ante la belleza del momento y del pueblo que nacía tras los arbustos. La arena acolchada sopesaba sus pasos uno a uno. Estos, dejaban huellas enmarcadas por polvitos mareantes que flotaban creando una órbita en cada una. Llegó al pueblo y risas y palabras se fueron confundiendo con la bella luna que se había alzado bajo la dulce mirada de sus ojos inocentes. Entró por detrás, por la casa de los Richards. Seguían sus cerdos y sus gallinas en el corral, sus hijos jugaban como años atrás en la pequeña calle Canways. Las farolas alineadas bailaban al paso del caminante y alumbraban las miradas joviales que lo seguían gustosamente mientras saludaban. “¡Hey Bob! ¿Qué tal el día?” se podía escuchar, o también “Bob, hijo, dile a Isabelle que mañana la esperamos.”. Isabelle… su cuerpo se descompuso repentinamente y aulló a la inmensa esfera blanca pidiendo clemencia. Isabelle. Llevaba años sin escuchar su nombre, sin sentir su aureola alrededor del pecho, sin imaginar su ropa ni su pelo, ni tan siquiera esos pechos que fueron sus únicos pechos. Su pueblo había renacido y con el todos su habitantes y animales, sus recuerdos y sus paisajes. Bob aceleró, no escucho a nada ni a nadie mientras se dirigía, borrascoso, a su antigua casa. Ahí la esperaba ella, hermosa como siempre, con un vestido lila gastado y su pelo perfectamente despeinado. Su tronco imponente y delicado, sus claras imperfecciones resaltando la bondad de su adorable figura. Lo miraba, con una sonrisa entreabierta que dejaba paso a sus dientes y a su lengua suave al tacto de su lengua. Corrió y la abrazó con el resto de la fuerza que le quedaba. Empezó a llorar y a llorar sin dejar un segundo de mirarla y atragantarse con la saliva que explotaba de júbilo en su boca seca. Se sentó en el suelo, brusco y descompuesto bajo la mirada asustada de Isabelle que lo interrogaba angustiada. “¿Querido que te pasa? No llores, por favor, me estás asustando…” exclamó con lágrimas dulces y transparentes en los blancos pómulos. Su ternura viajaba a través del tiempo, el amor que les era propio los embarcó en un viaje a través del tiempo y del universo. El logró remar y remar hasta llegar hasta sus pies y besarlos y empaparlos del dolor de su cuerpo que brotaba como el humo de ese tren que lo trajo hasta acá.
Las dos rayas tatuadas en sus manos dejaron paso a una enorme mancha oscura que teñía de color su insulsa figura, las había humedecido y les había regalado una segunda y merecida juventud. Empezó a recordar los años de dejadez y tortura que lo habían convertido en lo que era, antes de volver a verla y recordarla, de regalarle las lágrimas y sufrimiento que merecía. Perdonándose se levantó titubeante, la miró a los ojos y le susurró tiernamente, con sufridas palabras directas de lo más profundo y remoto del alma humana, “Soy tu deuda. Soy tu deuda Isabelle.”.
 Entonces la abrazó de nuevo, tanto y tan fuerte que se esfumó engullida por su cuerpo y por su corazón hambriento. Todo lo que quedó fue polvo, un enorme y monstruoso polvo que lo rodeó cruel e implacable creándole un profundo dolor y dejándolo perdido en la nebulosa estepa.
Cuando logró escapar de la humareda, sintió el sol que lo azotaba en la cara ensangrentada. Le quemaba las feroces heridas y lo empujaba al suelo de donde no debía levantarse. El calor lo invadió de nuevo y las voces desalmadas lo cubrían de golpes y patadas brutales que lo acercaban un poquito más al final de la historia, al final de su historia, el final de Weary. Se calmó todo, y logró ver un rostro, un rostro familiar, podía ser ese hombre al que creía deberle algo, al que momentos atrás, prometió devolverle un favor. ¿Qué favor era ese? Ya no sabía si aquella conversación había sido real, si aquella fraternal alianza tuvo lugar, si aquella frase existió jamás. Aturdido no logró seguir pensando, ya su cabeza flotaba ajena a este mundo. El mismo rostro familiar se acercó a él y empuñando un revolver y apuntándolo directo a su ojo derecho le dijo, “Despídete Robert. ¿Tienes algo más que decir?”. Apurando el restante de su fuerza, lo miró a los ojos, sonriendo y con una voz sentida y sentenciada dijo: “Soy tu deuda.”
“Soy tu deuda”. Y los caminos no se separaron esta vez, ni sus andanzas siguieron paisajes ni parajes diferentes. Y por supuesto ya no existía la certeza de cobrarse una deuda. El polvo siguió su camino y el chispeante desierto siguió soportando la crueldad del sol, los niños siguieron llorando insolados y los animales guerreando por un día más. El tren seguiría despertando sueños oscuros, apaleando gente y ocultando verdades a gritos, los pueblos seguirían muriendo abandonados y los bandidos seguirían exterminando amores y desamores. Pero ya ni Weary ni Robert existían, quizás no existieron jamás, quizás este cuento no sea más que una invención mía, quizás solo fue el humo de mi cigarrillo, o del suyo. 

domingo, 10 de junio de 2012

Desafinando


 De nuevo resuena en esa cabecita, ese son, esa alegría descomunal que siente al bailar los dolores del fado, sus pies velan entre pata y pata de mujeres ligeras de ropa y fuertes de ánimo. Vuela la voz cantora de mil noches en vela y rodea las nubes creando las delicias de esa vida. Camina bailando sobre el barro, dibujando guitarras insolventes con los dedos de los pies. Grita bajo la lluvia sin paraguas y sin gatos, canta a voz en grito y repasa melancólico las alegrías que ha vivido, sus abrazos y dientes pelados.
Abogados ahogados en sus propios carteles, miles de hojas no leídas y sigue bailando en cantinas y bodegas, sigue tomando ese vino blanco que tanto emborracha, sigue paseando por ramblas y cruceros, por selvas y veleros, sigue usando eso que antes tenía y tanto quería. Y a ver si uno de estos días por fin suena el reflejo de tu sonrisa cayendo bajo el vendaval de gotas, y con risa nerviosa pueda por fin escapar de ese tétrico lugar al que cayó sin quererlo, el sitio donde nada tiene color y ciego chapotea la nada y las gotas refrescan las caras.
Que siente demasiado o no siente nada, no tiene ninguna importancia, siendo prácticos, no hay nadie menos que el, pudiendo lograr todo, no logrará nada. No me pregunten como lo sé, pero lo sé. Los años de curtidas guerrillas eran suyos, los años de emperadores a caballos le venían como traje a medida, los de intelectuales que barrían sus lágrimas cada noche a las 6 de la mañana para dormir hasta las 6 de la tarde, tampoco le eran malos.
Pero la luz a veces entra por su ventana, a veces de sus ojos sale una chispa humilde y preciosa que lo hace el ser más querido, es una chispa única en su género, un toque del sol de Marte que va a parar a su rostro desgastado.
Y si los bichos no le pisasen los pies cada vez que sopla para abajo, créanme que nadie hablaría de su desidia, de su blandura y blancura, nadie pondría “si” a hablar de él. Si… si no escuchase esos 5 minutitos de vez en cuando, quien sabe, se podría volver loco, podría llorar el doble, huir saltando, hablar más y con menor calidad, podría no pasar nada o podría haber nacido para, simplemente, morir contigo.

lunes, 28 de mayo de 2012

10 5 3


Es el tonto motivado que habla por mí, que oculta con dientes color carne las sonrisas que quieren llorar, que me obliga hoy a escribir unas líneas que no provocan, que sacan a relucir voces que deberían haber muerto pero que siguen en una sola bacanal disfrutando del vacío terrible que llena los términos nerviosos de mi cabeza. Podrían ser las manchas de noches pasadas que tras mis orejas acampan y susurran las incesantes verdades de vidas difíciles de vivir.  Son temas recurrentes, son círculos viciosos, paisajes evasivos, amigos que animan, los que desaniman, es un futuro mejor, incierto, sabroso, al sol, es la vida que resurge mis cenizas, los extractos vegetales que me atacan, los recuerdos que se me olvidan, la vergüenza que siento al pensarte, los mosquitos que deambulan hacia el final cada vez más cerca, las moscas cojoneras, los pétalos que nunca caen, el humo de mi vista, los cigarros, que sí, me quedan por fumar.
Quizás sean puros sueños, no de esos que son cantados, hablo de los horribles, de los de verdad, de esos que te despiertan de pura felicidad, los que esconden la realidad al inconsciente para no sufrir más. Es el hombro al que llorar, es tu propio yo dándote animo, abrazándote con esos abrazos sentidos que te sacan el aire pecho a pecho, de los que no se enseñan, de los que solo tu amigo puede darte, los que desdoblan tu alma, el espejo que grita de alegría al verte, los que hablan contigo cuando nadie más quiere, los que quedan para siempre… 

domingo, 6 de mayo de 2012

Caracas ciudad de despedidas...


“Patéticos”, “sifrinos”, “analfabetos”, “oligarcas”… me iría demasiado. ¿¡Y qué coño!? Yo también me iría demasiado, yo también quiero vivir una vida plena, tener la posibilidad de luchar por mi país y no pasear mi falta de orgullo por boleíta o por la cota mil… Yo también quiero ver como termina este peo.
Hoy siento vergüenza, más que nunca siento vergüenza del país del que vengo, un país corrupto, de asesinos, de estafadores, de jodedores, de playas bonitas, de mujeres bellas “pal coño”, de mi querida Ávila y de mis queridos Andes… pero sobre todo de un país que se ríe sin pudor de sus jóvenes por que se atrevieron a decir lo que les salió del estomago y ahora tienen que esconderse o justificar sus palabras… No hay mejor signo para evaluar la salud de un país que escuchando a sus jóvenes.
Siento como las entrañas se me revuelven leyendo esa cantidad de porquerías, tapadas y escondidas por el anonimato de las redes sociales, el anonimato de internet que protegen su desfachatez y agresividad…
Esas palabras tienen emoción y sinceridad, son palabras de “veintegenarios”, “veintegenarios” que hablan de una ciudad podrida y un país enfermo.
Defiendo cada una de ellas, esas que osaron hablar aunque solo fuese para un trabajo universitario, grito hoy desde mi propio anonimato para que se respete la opinión en una sociedad acostumbrada a desprestigiar las no compartidas, lloro que pocos sean los que no lapiden la realidad llena de emoción por expresarse así o asa …
Yo me iría demasiado de un país en el que sus jóvenes sean puestos en jaque por los mismos que se llaman defensores de la democracia, porque de algunos me lo espero…
Miremos lo que nos rodea y saquemos nuestras propias conclusiones pero señores, no caigamos en la crítica fácil, no crucifiquemos a unos chamos sin pelos en la lengua porque no somos ni fuimos mejores…  Dejemos de ser la vergüenza mundial partiendo desde nosotros y juzguemos nuestras opiniones por su casi nulo valor, no seamos así de engreídos… por favor.  

martes, 17 de abril de 2012

Rarezas


Es esta pues, dada las temidas presiones, la historia de la que tanto se ha hablado en ciertos sectores de la alta sociedad europea actual. Pero antes de adentrarnos en tan inusual aventura, precisaré que mis dotes literarios se deben únicamente a factores de crecimiento personal y genéticos, en ningún caso verificaré diccionario alguno ni utilizaré sinónimos absurdos que entorpezcan esta, nuestra historia. Para verificar la validez de este logro sin parangón, he solicitado la presencia y revisión simultánea de su excelentísimo Don Javier Rodríguez de Soto, notario de Madrid, colegiado y ejerciendo en Rodríguez e Hijos Notaría y Registros.  
Dejando atrás la parte legal y volviendo al sujeto que nos reúne hoy, el infortunio de ese pobre joven…
Era una mañana hace tres meses, se despertó sudoroso y rabioso, hervía su frente, le estallaban los puños de soportarlos con tanto ahínco. Partiría el mundo en dos con un puñetazo bien dirigido, tiraría rascacielos enteros con una simple mirada. Sentía la desdicha profunda de la traición más baja y dolorosa. Esto duró lo que tardaron sus manos en desbloquear sus ojos obstruidos por incomodas legañas. La sangre empezó a adormecerse otra vez, todo había sido un sueño, una cruel pesadilla corregiría yo. Continuó durmiendo y un par de horas después se vistió y partió a la universidad como todos los días.
Todo fue normal, las bromas, los cigarros, la cerveza, nada que subrayar. Ya en el autobús empezó a darle vueltas al sueño de su novia adultera, le roía la idea de que esos labios no fuesen de su única pertenencia, que todas esas sonrisas y besos escondiesen ese secretito inocente. Se imaginaba años de alta traición, largas horas de dolor, una rabia enorme traspasándole el alma con cada imagen infiel, marrullera. Decidió bajarse del autobús y agarrar el que llevaba a casa de la novia.
Aquí y contra todo pronóstico se encontró a su novia con la cabeza entre las piernas de un conocido mutuo. La situación, aunque parezca de un ridículo enorme y les pueda provocar carcajadas desmesuradas, fue un poco dura para nuestro protagonista (me dirán, y con razón, que muchos otros no tienen ni historia…).
Empezó a gritar mientras se largaba del apartamento, ella disfrutaba del pene de otra persona. Si, lo sé, es absurdo pero espérense hasta el final que la moraleja es lo realmente constructivo.
El joven parecía un Cristo, lloraba, babeaba mientras injuriaba a voces contra la, y cito textualmente, “perra esa, jodida puta”. Disculpen ustedes por la expresión, Don Rodríguez de Soto ya me ha excusado con profesionalidad bendita (“Doy Fe de ello” DRdS).
El caso es que este último corrió y corrió por la calle desesperado expulsando su odio y despecho a los cuatro vientos, rompiendo las ramas de esos bonitos frutales que daban a la calle y regalaban cada principio de verano algún níspero o ciruela al paseante.
Pues todos jodidos, tiraba las hojas como trofeos de la desesperación. La gente lo miraba, extrañada, pero cosas más raras se han visto dijo una vieja mientras comía un yogurt en la acera de enfrente. Cada vez lloraba menos, gritaba menos y corría menos. Los cigarrillos empezaron a notarse y empezó a perder el aire. Se sentó inhalando grandes bocanadas, le entró flato e intentó levantarse. Algunos niños se reían, unos adolecentes empezaron a cuchichear sonriendo, los mayores simplemente pasaban sin percatar la pobre alma cándida que gemía su dolor y falta de ejercicio. Se levantó, vomitó y caminó hasta el autobús.

Así pasó una semana que parecieron siglos, no volvió a hablar con ella, no se molestó ni en llamarlo ni reconfortarlo con excusas tan típicas como esperadas. La semana siguiente y bajo las incesantes suplicas de sus amigos, decidió irse de fiesta con estos. Se emborrachó lo más que pudo, fumó lo más que pudo y al entrar a la discoteca empezó a dominar el ambiente con pasos maravillosos provocados por los coros animados de sus amigos. Sudó, cantó y bailó hasta que sintió la necesidad de cazar alguna presa fácil, se sentía el amo del local pero aún así quiso asegurarse y se dirigió hacia una morenita, bajita y anchita que bailaba sola y aburrida con lo que parecía su enésimo Gin tonic.
Empezaron a bailar, sentía el alcohol rugir por sus venas y acercarlo cada vez más a esas caderitas anchas y bien rellenas que con enorme esfuerzo producían movimientos monótonos de un lado para otro y exaltaban su cara de deseada elevada al séptimo cielo por ciervos desesperados de discoteca. Su top quería reventar, todavía hoy dudo si por el grosor de su tronco o por los pocos (pero muy visibles) pelos que se deslizaban fuera del sujetador. La imagen carecía de hilo conductor, un borracho despechado con el autoestima de niño de trece años y una gorda idealizada por ella misma que paseaba sus vergüenzas entre la muchedumbre monosilábica de la noche madrileña. Pasaron unos minutos hasta que descifró en su rostro el ansia de su boca risueña. Como un cohete separó sus labios, asomó la lengua y recibió un bofetón que desarticuló su expresión confiada en 25 pedazos de humillación.
En lo que su cabeza giró, vio como su ex novia yacía en los brazos del puerta de la discoteca y le comía la boca como si no hubiese comido en 2 meses. Las manos del orangután le sujetaban el culo queriendo exprimirle las horas de gimnasio. Del rebote su cabeza regresó y dio a parar al otro lado donde sus amigos, rebosándose entre los restos de alcohol del suelo inmundo, reían a carcajadas perdiendo el sentido. Paralizado, pensó asesinar a la que más lo merecía, pero estaba ya rebotando sus enormes atributos con otro engendro de la noche.   
Hundido salió de la discoteca y fumándose un cigarro tras otro, caminó hasta llegar, cuando el sol asomaba, a su casa. Se acostó y durmió la borrachera. Se despertó la noche siguiente, se hizo un porro, se fue a la terraza y fumó.
Ahí fue donde lució la marihuana, “A todos nos pasa, hay que joderse esta mierda.”.
 (“Doy fe que esta historia es real, y por el deber que me concede el estado he de apuntar que el autor uso el diccionario a escondidas para encontrar la palabra “ahínco”, la que creía una bebida energética india”DRdS)     

viernes, 13 de abril de 2012


Estoy exhausto, me tiemblan las piernas, no pienso y cuando lo hago me pesa el vivir buscando olvidar, no dormir, reprimir horrendos sentimientos que no bastan para mi… El aire vegetal corre en bocanadas hinchadas por las corrientes de mi cuerpo. El temblor pobre agotando la vida esquelética de las vistas hinchadas de calor y tiempo, el paseo nupcial del humo apalabrando el coste del gas este mes, de si habrá luz o simplemente se dejará caer otra más de buena historia. Y si volando me choco con una clavo afilado y levantándome veo mi cuerpo bañado por lava roja, veré el alma profunda del mundo de abajo, el aire nauseabundo de las inmundicias paganas en días de poca fe.
El oleo bárbaro que riega la tierra seca del sur, los profanos ronquidos de la droga y el vicio  que son el pegamento destructor de estas ventanas, el pudor de dejarte tirada como mártir, como perra. Tambaleando palabras que una vez, en boca de otro, significaron algo. Serpenteando el dolor con cualquier antídoto, olvidando que ya no hablas, que nada significa lo mismo, que la bañera hoy se llena, sola, con lágrimas inútiles que no podían caer más bajo… 

viernes, 6 de abril de 2012


Hoy lloro mis derrotas que caen como palos entonados por clavos rojizos y afilados que apabullan mi supuesta lejanía. Solo mis quejas oigo, solo el caer de las horas que retocan el espejo desgarrado de maquillaje, solo un par de ojos ocupan mis horas, un par de chirridos agónicos transcritos por mis dedos. El querer estar contigo y en cambio estar solo, el no poder evitar hablar con alguien porque mis palabras me acercan demasiado a tu recuerdo. La desgraciada soledad anhelada, la inspiración tan dolida y absurda…
Los faros pasan alumbrando mi ventana y arqueando una curva perfecta rodeada de barrancos intimidadores donde te espero. El silencio, el inaudito, el que se escapa con pensarlo, vuelve a mi cabeza derretida. Los tragos vacios, las bocanadas de aire en la cara, los gemidos que son el ruido de esta noche, desvisten con una mirada la luna y apuntan su desvergonzada silueta proyectándola en tu vientre desnudo. Y aunque solo un segundo, quiero regresar a tus brazos y llorar escuchando esta canción y viéndome sin ti y mostrarte mi inusitado querer, mi fidelidad pese a todo, mis ganas de volar contigo hasta el rastrillo más perdido del universo. En mi miedo y en tus faldas esta mi sufrimiento, en mi tos yace tu foto desnuda, en mi inquietud pasea tu tranquilidad.   
Nunca he querido hablar de amor pero siempre me obligaste, siempre recé nuestras noches en estas páginas y siempre como dije, fui agnóstico, ateo, anti creyente, paseante, pesado, irritante, yo mismo…