martes, 19 de mayo de 2015

Todavía te apareces ventajosa, sabedora de tu poder, en la cara de otras. La ligera caída entre tus ojos y tu boca que en otros son ojeras y en ti es un manifiesto al TODO. Tus ojos que sin ser negros a mi me lo parecen, porque en ellos veo el vacío reflejado, la nada, el "néant" infinito que es y fue el perderte sin nunca haberte tenido. Te imagino a lo lejos, sentada mirando hacia mi, mirando y equivocándote, moviendo tus manos maquilladas, haciendo círculos ínfinitos en tus piernas. Te imagino como si fueses esa chica de ahí,¿ la ves? Entre los asientos. Esa.

Escucho los pitidos de los trenes y entre la masa desapareces como una mala noticia que aún no te han dicho, desapareces como la vida, paulatinamente, entre pecho y espalda. Y yo me acuerdo. Como un cretino me siento entre día y día y te imagino de nuevo. Otra vez alimento la vibración de tus pechos en un bus, el blanco bendito de tu acento, tus labios que no fueron mios y que hoy duelen más que nunca.

Te veo y te pierdo cada vez más, enseño el camino hacia la pérdida de conciencia, hacia el dolor profundo del inconsciente que me enamora de todas y de ti. Olvido el déficit de tus ojos, que eran negros o verdes, pero no olvido lo que dueles, lo que faltas, lo que faltabas.

domingo, 26 de abril de 2015

El pitido, ese ruido que llevaba en su cabeza meses sonando, empezó a desaparecer, a hacerse cada vez más amigable, retórico, parecía que volvía a su origen en el inconsciente. Según el volumen bajaba más miedo le entraba. Miedo de que volviese o miedo al mismo miedo. Se paró abajo de la cuesta, miró hacia arriba del todo, fijó un punto, se sacó del pantalón la caja de cigarros, se metió uno en la boca y empezó a subir. Sus pies empezaron a sobrevolar las baldosas levantadas mientras el humo se metamorfoseaba con el paisaje infinito. Su respiración sonaba hueca, vacía, rozaba su garganta flemosa exigiéndole cada vez más y más aire. Necesitaba respirar. Malditas necesidades pensó. Y los coches pasaban a su lado inundándole de indiferencia los pulmones. Las imágenes sucedían su barba semanal y la brisa removía su cabello erizado por los recuerdos de Perséfone, a quien conoció un día de marcha. Las baldosas estaban sueltas y los coches dejaron de pasar, la soledad sobresalía y el miedo alimentaba el pitido. La cuesta cada vez era más empinada, los huecos eran ya irreparables, las baldosas se habían ido por los aires como si nunca hubiesen existido, en su lugar, un mar de granito yacía delante suyo cual montaña. Lo que antes eran pasos, ahora eran saltos al vacío. Se agarraba con inmenso esfuerzo a los salientes de las rocas cortantes. El pitido ahora eran balas intermitentes que lo rozaban, balas que astillaban las piedras y herían su piel desnuda. La ceniza del cigarro le caía en las manos morenas y fuertes mientras el cigarro quemaba sus hombros hinchados del cansancio. Las heridas teñían  su piel de rojo cual apache o yanomami preparándose para la batalla final contra los invasores, esos fantasmas, esos dioses, que siempre están pero intentas ignorar.  No parecía que esa montaña acabase en ningún lugar, parecía la historia lejana de los 100 años, sin ser más que un mal sueño. Unas cuantas gotas empezaron a mojar el ambiente, a rodar por su espalda musculosa y a volar por la punta de su polla hasta tocar su morada final en el arenoso desierto. Cuando el granito empezaba a corroerse bajo sus manos y sus fuerzas parecían haberse esfumado, un saliente apareció para socorrerlo de la lluvia y la fatiga. Allí la vio, la llamaban la Barbie de tacones. Con la cabeza entre las piernas, minifalda roja y tacones de aguja yacía muerta, disecada por la intemperie, la chica que enigmáticamente murió en lo alto de esta montaña, tan inaccesible que ni el mismo Hades se desplazó a por el cuerpo ni el alma de esta pobre criatura que vivía en este particular limbo. Se sentó a su lado y vio pasar como estrellas fugaces las balas que desfilaban ante él. El pitido desapareció. También la necesidad de respirar y de fumar. La ansiedad y el miedo ahora eran paz infinita, la ruta seguía hacia arriba, pero ya mejor compañía no hallaría.   

domingo, 28 de diciembre de 2014

Tus besos son como álamos inmersos en el mar de mi barba,
que cavan con cuidadoso amor las raíces en mis ojos.
Son cómo águilas que espantadas baten sus alas con estrepitosa fuerza,
 y de su viento me llega tu olor a Dios.
Son como los minutos que paso antes de levantarme,
sin ver pero tocando, tu silueta entre el calor.

Tus besos son las llamas del cielo ruidoso que margina mis miedos,
el ave fénix ahorcado por la pureza de sus plumas,
la tórtola  suicida que no tiene tus ojos,
la nota que falta en la canción para ella.

Son los minutos que siempre faltan en el calendario,
el instante en que se para y grita, aturdido, el mundo.  

Son tesoros, tus besos, tesoros inauditos, puros y únicos,
son la bondad de la Virgen y el pecado de tus carnes.
No cabría en mi vida dicha que por tus labios no pasase,
no cabría en mi vida dicha que sin tu nombre se guiase.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Tus ojos en directo

Las ideas desaparecen en el huequito de la memoria que no tengo impresa en las retinas. Son un deseo de grandeza humilladas tras cajas y cajas de cigarros. Son cafés sobre mesas grasosas y de gusto agrio en una ciudad sucia y vieja. Y lo que el canto del profesor y su sirena decía entre rimas, no es más que la esperanza de ver coletear en la orilla, casi extinta, la cola enorme y brillante ahogando sus últimos suspiros. No fue Ulises el que amarrado logró escuchar, sino mis sueños que sin amarre avanzan moribundos hacia las rocas en que yacen, expectantes, con los dientes afilados, mis pecados.

Y me llama la nebulosa del cigarro casi filosófico, que intenta arrastrarme al abismo sin casi resistencia, perdiéndome en las ideas y viviendo el ajetreo diurno de las manchas en la piel y del chocolate sin cacao ni sexo. Me pregunto qué será de tus huesos y la respuesta llega como un puño en la nuca, Orfeo me responde sin piedad, me manda a la mierda con un ida y vuelta y a la vuelta me espera esperando que espere algo más. Y me derrito entre mi brazo y las cuerdas que sin tocarlas suenan. Me derrito de vergüenza por haber aguantado tanto, por desperdiciar mi locura con locos perdidos en la locura de otros y no en la suya. La incomprensión es el mayor regalo, el tartamudeo una muestra de alma perdida y de un rayo azul oscuro que todavía ciñe sus puntas hacia donde nos encontramos. Hábiles hemos de esquivar las diatribas que el dios del desengaño nos lanza desde su monte empinado y si nos alcanza, tener la humildad de aceptarla y venerarla para así, de una vez por todas, deshacernos de los colores de la verdad.  

sábado, 15 de noviembre de 2014

Algunas noches

Siento ya que la trampa se hizo grande, creciendo sin cesar pasó de vil amigo a corrosivo dolor que dejó en ruinas mi sonrisa, que de tanto recordar olvidó.
Y ya es parte de mi nube soleada el humo que sacaste una vez con forma de palabras, ya es parte de mi la nostalgia de un árbol y su césped mojado. Lo que un día fue nunca será, me dijeron aturdidos, lo que un día fue una mancha de café hoy es tu aroma rociado por mis dedos tabaqueros. El ancho de banda es demasiado estrecho para que pasen mis sueños a través. Veo figuras perfectas avaladas por ojos borrachos y oigo tu voz en Do menor porque él son grave del aullido perenne de las horas desaparece al aplicar tus ojos la dureza de su alma.
Recuerdo perfecto el día en que las escaleras se cruzaron con un muro cabizbajo dándome razones para soñar, y luego, en el calor de una manta beige, oculté mi miedo en excusas que me acompañaron demasiado.
Atados bajo la luna nuestros labios se besaron, alumbrando tus ojos verdes que guiaron mis pasos hasta el mar, donde la arena los hizo perpetuarse en el tiempo, donde los peligros me aguardaban lejos de ti y donde sólo, me arrepentí y me quemó por dentro.

Y escuchando una sevillana lloré la noche entera y me desperté en tu pecho dormido, que no latía, que no respiraba sobre mí.     

viernes, 3 de octubre de 2014

Mil y pico noches

¿Alguna vez viste el cielo caer y romperse en los mil pedazos que formaron las mil y una noche?  Yo lo vi un día abriendo un libro con las manos sangradas de lágrimas. Porque yo sufrí el alejamiento y sufrí la "Canción del Pirata". Yo sufrí tus ojos negros como el Teide y sufrí mis ojos secos por tu aliento lejano. Los latidos de la tierra que laten más rápido ahora con esta taquicardia precoz, la almohada dura y caliente cada noche, el estomago que te extraña. Sufrí cuando los pasos se quedaron mirándome y de un guiño desaparecieron para siempre. Porque yo si vi esas mil y una noches chocar con sus mañanas y sus tardes y aposté por una guitarra y unas voces, y ¿sabes qué? perdí por necedad, por querer la manzana y el pecado e importarme una mierda la serpiente, por rezarle a dioses paganos y lavarme la frente ferviente en agua bendita. Por las noches en la cama escuchando como plegarias tus súplicas al oído, por ser hermosas en su inmediatez e históricas en mi mente. Por acarrearme el olvido a lo esencial que no es más que un pana, un culo y birra al viento. Y que digan lo que digan, hoy será siempre hoy, y tu sonrisa, asiente.   

lunes, 1 de septiembre de 2014

Humo

Humo delicioso , sabroso y renqueante.
Humo vacío que me llena el soplo amante
Como música ardes ardiente en mi garganta que ya es suplente,
Harpía del Charleston, viciosa de la Belle Epoque,
Sueñas con flores marinas y con miembros que evoquen
Cielos enormes y llamas desgarradoras que como un pene toquen
Tus vergüenzas y desgana, tu amanecer queriendo, tu roca, tu seno,
Tus farolas que encendidas  nos alumbran los pasos.
Ese amanecer por la tarde, esa sonrisa idéntica, esas lanzas que pueblan,
Sin quererlo, de neones tus ojos y de berrinches a los que aman.
Bestia inexacta que sueña con decirme que el suelo rayado
Tiene un toque amargo a lagarto que sin futuro ni pasado
Nubla los pasillos de nubes de arena y callos humeantes
que respiro y respiro y que es el humo sagrado, el de antes.

Querido viento que doblas poco a poco mi voluntad,
Querido muro postrado, negro y profundo cual altar,
No tumben mis sentidos con aromas a azahar
Ni el cemento rocoso que apoya sus hombros en mi terquedad.