Todavía te apareces ventajosa, sabedora de tu poder, en la cara de otras. La ligera caída entre tus ojos y tu boca que en otros son ojeras y en ti es un manifiesto al TODO. Tus ojos que sin ser negros a mi me lo parecen, porque en ellos veo el vacío reflejado, la nada, el "néant" infinito que es y fue el perderte sin nunca haberte tenido. Te imagino a lo lejos, sentada mirando hacia mi, mirando y equivocándote, moviendo tus manos maquilladas, haciendo círculos ínfinitos en tus piernas. Te imagino como si fueses esa chica de ahí,¿ la ves? Entre los asientos. Esa.
Escucho los pitidos de los trenes y entre la masa desapareces como una mala noticia que aún no te han dicho, desapareces como la vida, paulatinamente, entre pecho y espalda. Y yo me acuerdo. Como un cretino me siento entre día y día y te imagino de nuevo. Otra vez alimento la vibración de tus pechos en un bus, el blanco bendito de tu acento, tus labios que no fueron mios y que hoy duelen más que nunca.
Te veo y te pierdo cada vez más, enseño el camino hacia la pérdida de conciencia, hacia el dolor profundo del inconsciente que me enamora de todas y de ti. Olvido el déficit de tus ojos, que eran negros o verdes, pero no olvido lo que dueles, lo que faltas, lo que faltabas.
“[…]es un poema; es alboroto, podredumbre, rutina, es una cierta irisación de la luz, una vibración particular, es nostalgia, es sueño. La Calle de la Sardina, es el caos.". John Steinbeck.
martes, 19 de mayo de 2015
domingo, 26 de abril de 2015
El pitido, ese ruido que llevaba en su cabeza meses sonando,
empezó a desaparecer, a hacerse cada vez más amigable, retórico, parecía que
volvía a su origen en el inconsciente. Según el volumen bajaba más miedo le
entraba. Miedo de que volviese o miedo al mismo miedo. Se paró abajo de la
cuesta, miró hacia arriba del todo, fijó un punto, se sacó del pantalón la caja
de cigarros, se metió uno en la boca y empezó a subir. Sus pies empezaron a
sobrevolar las baldosas levantadas mientras el humo se metamorfoseaba con el
paisaje infinito. Su respiración sonaba hueca, vacía, rozaba su garganta
flemosa exigiéndole cada vez más y más aire. Necesitaba respirar. Malditas
necesidades pensó. Y los coches pasaban a su lado inundándole de indiferencia
los pulmones. Las imágenes sucedían su barba semanal y la brisa removía su
cabello erizado por los recuerdos de Perséfone, a quien conoció un día de
marcha. Las baldosas estaban sueltas y los coches dejaron de pasar, la soledad
sobresalía y el miedo alimentaba el pitido. La cuesta cada vez era más
empinada, los huecos eran ya irreparables, las baldosas se habían ido por los
aires como si nunca hubiesen existido, en su lugar, un mar de granito yacía
delante suyo cual montaña. Lo que antes eran pasos, ahora eran saltos al vacío.
Se agarraba con inmenso esfuerzo a los salientes de las rocas cortantes. El pitido ahora
eran balas intermitentes que lo rozaban, balas que astillaban las piedras y
herían su piel desnuda. La ceniza del cigarro le caía en las manos morenas y
fuertes mientras el cigarro quemaba sus hombros hinchados del cansancio. Las
heridas teñían su piel de rojo cual
apache o yanomami preparándose para la batalla final contra los invasores, esos
fantasmas, esos dioses, que siempre están pero intentas ignorar. No parecía que esa montaña acabase en ningún
lugar, parecía la historia lejana de los 100 años, sin ser más que un mal sueño. Unas
cuantas gotas empezaron a mojar el ambiente, a rodar por su espalda musculosa y
a volar por la punta de su polla hasta tocar su morada final en el arenoso
desierto. Cuando el granito empezaba a corroerse bajo sus manos y sus fuerzas
parecían haberse esfumado, un saliente apareció para socorrerlo de la lluvia y
la fatiga. Allí la vio, la llamaban la Barbie de tacones. Con la cabeza entre
las piernas, minifalda roja y tacones de aguja yacía muerta, disecada por la
intemperie, la chica que enigmáticamente murió en lo alto de esta montaña, tan
inaccesible que ni el mismo Hades se desplazó a por el cuerpo ni el alma de
esta pobre criatura que vivía en este particular limbo. Se sentó a su lado y
vio pasar como estrellas fugaces las balas que desfilaban ante él. El pitido desapareció.
También la necesidad de respirar y de fumar. La ansiedad y el miedo ahora eran
paz infinita, la ruta seguía hacia arriba, pero ya mejor compañía no hallaría.
domingo, 28 de diciembre de 2014
Tus besos son como álamos inmersos en el mar de mi barba,
que cavan con cuidadoso amor las raíces en mis ojos.
Son cómo águilas que espantadas baten sus alas con
estrepitosa fuerza,
y de su viento me
llega tu olor a Dios.
Son como los minutos que paso antes de levantarme,
sin ver pero tocando, tu silueta entre el calor.
Tus besos son las llamas del cielo ruidoso que margina
mis miedos,
el ave fénix ahorcado por la pureza de sus plumas,
la tórtola suicida que no tiene tus ojos,
la nota que falta en la canción para ella.
Son los minutos que siempre faltan en el calendario,
el instante en que se para y grita, aturdido, el mundo.
Son tesoros, tus besos, tesoros inauditos, puros y
únicos,
son la bondad de la Virgen y el pecado de tus carnes.
No cabría en mi vida dicha que por tus labios no pasase,
no cabría en mi vida dicha que sin tu nombre se guiase.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Tus ojos en directo
Las ideas desaparecen en el huequito de la memoria que no
tengo impresa en las retinas. Son un deseo de grandeza humilladas tras cajas y
cajas de cigarros. Son cafés sobre mesas grasosas y de gusto agrio en una ciudad
sucia y vieja. Y lo que el canto del profesor y su sirena decía entre rimas, no
es más que la esperanza de ver coletear en la orilla, casi extinta, la cola
enorme y brillante ahogando sus últimos suspiros. No fue Ulises el que amarrado
logró escuchar, sino mis sueños que sin amarre avanzan moribundos hacia las
rocas en que yacen, expectantes, con los dientes afilados, mis pecados.
Y me llama la nebulosa del cigarro casi filosófico, que
intenta arrastrarme al abismo sin casi resistencia, perdiéndome en las ideas y
viviendo el ajetreo diurno de las manchas en la piel y del chocolate sin cacao
ni sexo. Me pregunto qué será de tus huesos y la respuesta llega como un puño en la nuca, Orfeo me
responde sin piedad, me manda a la mierda con un ida y vuelta y a la vuelta me
espera esperando que espere algo más. Y me derrito entre mi brazo y las cuerdas
que sin tocarlas suenan. Me derrito de vergüenza por haber aguantado tanto, por
desperdiciar mi locura con locos perdidos en la locura de otros y no en la suya.
La incomprensión es el mayor regalo, el tartamudeo una muestra de alma perdida
y de un rayo azul oscuro que todavía ciñe sus puntas hacia donde nos
encontramos. Hábiles hemos de esquivar las diatribas que el dios del desengaño
nos lanza desde su monte empinado y si nos alcanza, tener la humildad de
aceptarla y venerarla para así, de una vez por todas, deshacernos de los
colores de la verdad.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Algunas noches
Siento ya que la trampa se hizo grande, creciendo sin cesar
pasó de vil amigo a corrosivo dolor que dejó en ruinas mi sonrisa, que de tanto
recordar olvidó.
Y ya es parte de mi nube soleada el humo que sacaste una
vez con forma de palabras, ya es parte de mi la nostalgia de un árbol y su césped
mojado. Lo que un día fue nunca será, me dijeron aturdidos, lo que un día fue
una mancha de café hoy es tu aroma rociado por mis dedos tabaqueros. El ancho
de banda es demasiado estrecho para que pasen mis sueños a través. Veo figuras
perfectas avaladas por ojos borrachos y oigo tu voz en Do menor porque él son grave
del aullido perenne de las horas desaparece al aplicar tus ojos la dureza de su
alma.
Recuerdo perfecto el día en que las escaleras se cruzaron
con un muro cabizbajo dándome razones para soñar, y luego, en el calor de una
manta beige, oculté mi miedo en excusas que me acompañaron demasiado.
Atados bajo la luna nuestros labios se besaron, alumbrando
tus ojos verdes que guiaron mis pasos hasta el mar, donde la arena los hizo
perpetuarse en el tiempo, donde los peligros me aguardaban lejos de ti y donde
sólo, me arrepentí y me quemó por dentro.
Y escuchando una sevillana lloré la noche entera y me
desperté en tu pecho dormido, que no latía, que no respiraba sobre mí.
viernes, 3 de octubre de 2014
Mil y pico noches
¿Alguna vez viste el cielo caer y romperse en los mil
pedazos que formaron las mil y una noche? Yo lo vi un día abriendo un libro con las
manos sangradas de lágrimas. Porque yo sufrí el alejamiento y
sufrí la "Canción del Pirata". Yo sufrí tus ojos negros como el Teide
y sufrí mis ojos secos por tu aliento lejano. Los latidos de la tierra que
laten más rápido ahora con esta taquicardia precoz, la almohada dura y caliente
cada noche, el estomago que te extraña. Sufrí cuando los pasos se quedaron
mirándome y de un guiño desaparecieron para siempre. Porque yo si vi esas mil y
una noches chocar con sus mañanas y sus tardes y aposté por una guitarra y unas
voces, y ¿sabes qué? perdí por necedad, por querer la manzana y el pecado e
importarme una mierda la serpiente, por rezarle a dioses paganos y lavarme la
frente ferviente en agua bendita. Por las noches en la cama escuchando como
plegarias tus súplicas al oído, por ser hermosas en su inmediatez e históricas en
mi mente. Por acarrearme el olvido a lo esencial que no es más que un pana, un
culo y birra al viento. Y que digan lo que digan, hoy será siempre hoy, y tu
sonrisa, asiente.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Humo
Humo delicioso , sabroso y renqueante.
Humo vacío que me llena el soplo amante
Como música ardes ardiente en mi garganta que ya es
suplente,
Harpía del Charleston, viciosa de la Belle Epoque,
Sueñas con flores marinas y con miembros que evoquen
Cielos enormes y llamas desgarradoras que como un pene toquen
Tus vergüenzas y desgana, tu amanecer queriendo, tu roca, tu
seno,
Tus farolas que encendidas nos alumbran los pasos.
Ese amanecer por la tarde, esa sonrisa idéntica, esas lanzas
que pueblan,
Sin quererlo, de neones tus ojos y de berrinches a los que
aman.
Bestia inexacta que sueña con decirme que el suelo rayado
Tiene un toque amargo a lagarto que sin futuro ni pasado
Nubla los pasillos de nubes de arena y callos humeantes
que respiro y respiro y que es el humo sagrado, el de antes.
Querido viento que doblas poco a poco mi voluntad,
Querido muro postrado, negro y profundo cual altar,
No tumben mis sentidos con aromas a azahar
Ni el cemento rocoso que apoya sus hombros en mi
terquedad.
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