jueves, 2 de mayo de 2013

20.

Y dice la lluvia que te echo de menos, cuando cierras los ojos y por ende desapareces ante los míos, dice la niebla que no te veo, pero no es niebla sino mis retinas empañadas de no verte, y me dicen los astros poderosos que eres para mí, pero solo la arena bajo mis pies siente el miedo de perderte. Me lo recuerda suave. Habla el humo de mi boca, con su voz atragantada, con el rocío de tus orejas, hablan mis pestañas con las puntas de tu pelo infinito y tus uñas acarician mi pecho en llamas recitando mi futuro como Apolo travestido de pitonisa, aclarándome que yo también quiero que estés aquí durmiendo las mil y una noches que nos separan de la muerte. El viento desgarra mi piel seca y la posa sobre el ocaso infinito de un atardecer a tu lado. Los excesos nos acercan, la lluvia nos acaricia, tu piel me acuna y los rayos del sol me recuerdan que eres mía solo las mañanas que alumbra la ventana con la lumbre de primavera.  

martes, 30 de abril de 2013

Anexo del editor


Cuando lo conocí sufrí dos ataques directos, su forma tergiversada e inteligente me llenó de admiración y anhelo de imitación. Gran cosa para el que esta figurando, todavía, el principio de su técnica y espera algún día tener una personalidad literaria. Había leído muchos autores ya, había releído cuentos y algún extracto suyo sin percatar gran cosa. Me agarró tarde.  Su culteranismo es para un joven Puer de 18-19 años como un caramelo de fresa posado en el asfalto, deshecho y pegado, para una familia de hormigas. Soñaba con beber mate en cafés parisinos, con escribir a todas horas, borracho de cigarrillos, como hacía Horacio, o, simplemente tener con quien hablar de eso toda la noche. Creé así otra vez un universo tras este personaje, una escapatoria a no poder pintar como el pintaba, con bigotes y sandalias.
 El segundo ataque, que ya apareció  en el primero, eran los temas que trataba, los personajes, las tramas, el realismo mágico con sede en la vieja Europa, lo imposible. Cada vez que empezaba a leerle me divertía  creando yo su historia, inventando tramas extremadamente cuerdas ya que el posicionamiento de sus acciones, escenas,  de sus actos, eran ideales, tenían vida antes de tenerla, eran momentos de premonición en los que la diversión afloraba entre las palabras tergiversadas e irónicas. Con solo media página podías fantasear horas.
Murió 15 años antes de mi nacimiento. Murió años después que su joven amor y junto a ella se enterró. No sabía nada de esa historia hasta que él me la contó.
Un día llegando en tren a la estación Montparnasse en París, venía de visitar a unos amigos y el tren me abandonó a mi suerte. Empecé a caminar en busca del cementerio de la zona. Yo sabía que él estaba enterrado ahí, pero en 6 o 7 meses nunca lo había ido a visitar. Callejeé por uno de los tantos barrios artísticos de París, rodeando miles de teatros hasta salir a una avenida con enormes árboles a su derecha. Entré al cementerio con mi mochila y un libro suyo, regalo de una, en la mano. Durante al menos una hora  Ionesco y Sartre se divirtieron ideando una comedia en cuatro actos sobre mí increíble “patosismo” buscando su tumba. No pude encontrarla, y yacía inmóvil. Si no pasé 30 veces a su lado no pasé ninguna. Me engañó su simpleza, la contradicción flagrante que existía entre este maravilloso  literato y su enorme ego argentino, con ese pequeño lavado de humildad eterno en el que descansaba. Mi gran referencia literaria estaba sepultada bajo una pequeña lapida compartida con un nombre, una rayuelita pintada por admiradores y cientos de tickets de metro firmados sobre un lecho de firmas y algunas rosas. No sabía quién era ese nombre –Carol Dunlop- ni porque dejaban tickets de metro. Me sentí algo decepcionado. Ya sé que no fui el primero en leer a Cortázar, ni el último y mucho menos el que mejor lo conoce, pero aún así fue como encontrar a mi novia con algún compañero de universidad, el típico que se leyó a Kant cuatro veces y jura que las mandarinas jugarán un papel clave en la economía global mientras deja, lo que parecía una mente pensante, hecha un ser caliente que se muerde los labios.
Así que dejé mi billete de tren que ocultaba al menos 10 tickets. Me parece recordar dejarle escrito algo. Solo recuerdo haber puesto gracias.
Todo esto acompañado por una señora que colocaba y recolocaba palitos que había ido recogiendo para formar intentos de figuras sobre la lapida. No tengo ni la más mínima idea de porqué hacia esas formas y luego les tomaba fotos. Estuvimos juntos, callados, durante media hora o quizás más, aguantándonos, queriendo estar solos, traicionados por la fama de alguien al que sinceramente queríamos. Al principio esperábamos los dos que la devoción por Cortázar del otro fuese menor y dejase al otro con su única compañía. Aguantamos hasta cansarnos de esperar. Ella empezó su rollo de los palitos y yo me senté en otra tumba a mirar y a fumarme un cigarro y sentir que Cortázar me hablaba-no fue así- a través del humo. No le dije ni hola ni adiós. Ni a ella, ni a él. Me fumé un cigarro y me fui a despedirme de Gainsbourg que miraba la escena desde lejos, con cara de asco y tarareando. Salí del cementerio en el que Sartre seguía cagado de risa.
Ese día conocí a Cortázar y me lo contó.

De Trufas y topos. Julio Cortázar-Papeles inesperados-


La mano está más sola en el grabado que en el dibujo o la pintura. más sola y más inmediata en ese terreno que trabaja como un arador para quien el ojo cuenta menos que el contacto entre dos materias adversarias y cómplices a la vez.
Los dedos que empuñan la gubia ven por su cuenta, y lo que el ojo cree guiar y articular sólo vale muchas veces como mera gramática.
Hablo, por supuesto, del grabado en libertad, ese que el metal, la madera y la piedra parecen insinuar y desear en los accidentes de su materia pura.
La anécdota, la reproducción, no son más que aplicaciones específicas de algo que el dibujo y la pintura solicitan y llevan a su extremo; por su parte el grabado tiende a cerrarse a esos fastos: le basta una intimidad táctil para proyectar su propio universo, pequeño como la gota de mercurio en la que sin embargo tiembla la serpiente cósmica.
Dado que no sé grabar, todo esto puede ser falso, pero algo me dice que la escritura-otro arado contra la blanca tierra de la página- acerca un poco a ese territorio donde lo visual dista de ser omnipotente. También la pluma traza y el escritor sabe del goce de ese resbalar en el que todo es posible por dúctil, por topo, por trufa, por vena de agua.
Cuántas veces habré empezado o terminado una frase con los ojos cerrados. Algún grabador, acaso, miró un fragmento de su obra después de haberlo burilado. Para corregir, claro, todos tenemos tiempo y ojos. 

martes, 2 de abril de 2013

19.


Estás destrozada, estoy destrozado, estamos todos destrozados. Todo igual.
Leo palabras que fueron las puntas de tu lengua, me siguen sorprendiendo, me siguen asustando, que todo sea un sueño, que me despierte con los sofocos otra vez, que la ansiedad me vuelva a llevar "pa bajo". Esas puntas son hoy las puntas de mi pluma seca de no escribirte, son las puntas de no saber olvidar, las noches en la que los grillos me enamoran cantándole, a mis oídos, tu nombre. Los búhos viven por la idea de tenerte, el viento quiebra silencioso las ramas y mis brazos desahuciados por tu cuerpo. La dama de noche perfuma ahora las madrugadas, esas que antes alumbrabas con tus pasos hacia mi cama. El jazmín también te extraña, algunas noches lo oigo llorar  y empalagarme con su aroma que como tus labios, endulzan las escaleras que dan al patio.
Nada parece importante aunque todo importa, todo renace con una sonrisa, un suspiro, una caricia de una boca melosa y del jugo de tus ojos cada mañana. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

18. Carta a Mefisto otra vez



Lloro sin saber, lloro sin pensar y sin creer que las lágrimas caen por darle un respiro, una alegría a mi ego que deja escapar, románticamente, el elixir que le da vida, la poesía de mis días y de mis pasos. Saludos desde un banco húmedo y musgoso, acompañado (o acompañando) por música sin tímpanos, ojos sin retinas, cigarros con tos y bolígrafos sin talento ni voluntad. Bienvenido eres Mephisto, que sin interés ni respeto rondas mi dulce morada para robar mis sabanas, mi ropa sucia, el papel que ronda mi escritorio y si acaso, desinteresadamente, mi alma servida en un plato de plástico demasiado endeble para sujetarlo con una mano y demasiado liviano para invertir las dos. Pero cuídala, un día fue un perro fiel que admiraba a todo el mundo y que no osaba envidiar la envidia ni pensarla, ni pensarse a sí mismo como masa humana, como sangre apartada del todo con enorme dulzura por unas manos tiernas y escamadas que susurran al viento nanas y más viento. Ya sé que será difícil, hoy yace desierta y perdida, ahuecada y agujereada con tonos negros y patios traseros con horribles secretos. Hoy navega sin rumbo ni timón, sin suerte y sin parajes donde escupir palabras que pudiesen responderle y animarla, donde rasgar sus uñas sin filo, y afilarlas con un sofá, o unas cortinas, o simplemente con otra alma. Quizás gemela, quizás mejor con un alma enemiga de los amigos y de la compañías, con un alma que llora soledad y suda esperanza cada vez que cierra los ojos. Tal vez sea eso lo que pide, desgarrar piel o tela causando enorme estruendo tras las alas abiertas de un teatro a medio llenar y así conseguir de los actores un sentimiento verdadero, una reacción que anime al público, unos ojos cerrados, le frente ceñida y unos puños apretados ocultando el huequito de las orejas. O quizás simplemente no.
No me lleves de viaje, no me muestres la vida tras mi laboratorio, no me presentes a prostitutas ni a Helena, no vale la pena gastar más páginas de un maravilloso mito, de alzar una estatua conmigo y con mi nombre abrazando a mi amada de granito, con ojos de sal y belleza de azafrán.
Pero ya estoy otra vez, creyendo que me escuchas o que alguna vez lo harás. O que alguna vez lo harás… Perros blancos se acercan y me barren o me lamen los incoloros dedos que escriben sobre rojos pensamientos y lágrimas cristalinas congeladas por el frío y por el tiempo sobre el fondo de un genio. El aire y el tiempo diluyen a su vez mis palabras y la gente que se acerca envidiosa y curiosa te asusta Hermes, asusta mis ideas y a mis parpados impedidos. Gracias por tu tiempo Mephisto, que es también el mío, gracias a ti o a quien seas.
Gracias por tu paciencia, atentamente, perdido en este bosque helado, tuyo y de muchos otros, un granito de una piedra que lucha por escaparse de mi zapato.

martes, 19 de marzo de 2013

17.


Eres bueno… muy bueno… pese a todo, eres bueno tío, eres un grande. Tras litros y litros del peor alcohol, abrazado a su amigo y escuchando música mientras pensaba en deleitarse alunizando una panadería, le profesaba estas palabras. Una vez más pateaban esas calles, las patrullaban huyendo de la propia noche y si la mala suerte lo exigía, recordaban  noches mejores, noches que desde imberbes, compartían. Noches de locura, noches de pasión de uno o del otro, de vergüenza y de dolor. En todas uno y en todas el otro. Y casi siempre acabando uno apoyado en el otro, en las buenas y en las malas. El tiempo seguramente sería injusto, los separaría en sus vidas, reducirían las noches a puros recuerdos en una mesa, en una sobremesa que se alargaría tanto como la siguiente llamada. Pero la amistad cuesta, la amistad duele y hay que dejarla cambiar, porque en las malas siempre estará ahí oscureciendo vasos con hielo y ron, aplacando el dolor de las fotos de bocas abiertas de felicidad, de la carencia de oxígeno, de la falta de principios...      

lunes, 4 de marzo de 2013

16. Guillen....


Cierro la ventanita que el frío aprieta, apago la luz y tiro la correspondencia, en la que un nombre sobresalía y  que llegó a la basura con más ganas. No hay rencor que mitigue, ni por un segundo, la sensación de haberle ganado parte de una batalla a la vida, el despropósito clandestino de haber caído al infierno y haber conocido a Caronte sin ser Orfeo, siendo el Aqueronte mi sangre pasada de vueltas, mi sangre amarga. Sienta bien poder mirar a la cara a alguien y decirle lo detestable que me resulta, olvidarme por fin del esnobismo revolucionario de algunos, la hipocresía burguesa que adormece los gatitos en sus brazos y se los come en el chino mientras le chorrea la salsa de bambú y se escuchan los maullidos de la sangre de horchata que llevan por credo. Se me olvido el tuntún de esas decisiones estúpidas, la rocambolesca idea de quererla más que a nadie, cómo abrazo hoy la vida de zángano, de sanguijuela, de cebras pintadas donde sea, de conos de helado de pistacho humeantes…
Pero también abrazo los recuerdos del pasado, lo que me llevó a sentarme otra vez sólo hasta que el culo duela, los paisajes y toda clase de verbenas del estilo que aún sin devoción pero con cariño, sigue pegado en el corazón. Sueño a veces con algo de eso, deseo tal vez de compañía, así como a veces sueño con mi país, sin muchas ganas de volver a pisarlo.